Futuro pasado

La primera carta llegó un lunes, justo antes de que empezara a llover. No tenía sobre. Solo una hoja doblada en cuatro, con la tinta un poco corrida en una esquina, como si alguien la hubiera escrito con apuro, con los dedos húmedos. Era mi letra, pero no del todo. Como si alguien la imitara después de muchos años sin practicarla. Reconocía cada trazo y, al mismo tiempo, no reconocía ninguno.

“Esta es la primera”, decía. “Vas a recibir más. Algunas te van a doler. Otras no vas a entenderlas. Guardalas”. Solo eso. Ni saludo, ni firma, ni fecha. No decía quién la había dejado. Ni cuándo la había escrito. Solo ese mandato seco: guardalas.

Caminé hasta la cocina con el papel en la mano. Lo apoyé en la mesada. Lo miré un rato. Después lo doblé otra vez y lo escondí entre las páginas de un libro que no pensaba volver a leer. Uno con la tapa hinchada por la humedad.

La segunda apareció dos días después. Debajo de la alfombra del pasillo, como si alguien hubiera entrado en silencio a dejarla. La letra era la misma, pero más temblorosa. “En este futuro, dejaste pasar lo que más querías. No fue por cobardía. Fue por distracción. Pensaste que ibas a tener tiempo.”

Esa noche soñé con relojes rotos. No relojes comunes. Relojes sin números, sin marcas, sin vidrio, sin borde. Solo superficies blancas, curvas como platos hondos. Y en el centro, agujas negras girando solas, despacio, demasiado despacio. A veces aceleraban de golpe, como si alguien —algo— desde otro lado jugara con el mecanismo. Pero no marcaban nada. No había doce, ni tres, ni medianoche. Giraban sobre el blanco. Sobre la nada.

Desperté con la certeza de que algo se me había escapado mientras dormía.

Las cartas no pararon. No llegaban siempre los mismos días. A veces me despertaba con una opresión espesa en el pecho, y ahí estaba: una hoja doblada al borde de la cama, como si hubiera estado observándome toda la noche.

Las leía despacio, como quien prueba una comida que podría estar envenenada. Algunas hablaban de cosas triviales: “En uno de los futuros dejás de contestarle. A ese que te hace reír con facilidad. No porque te asuste. Por desidia. Nunca sabés qué habría pasado.”

Otras eran más retorcidas.

“En uno, te vas de la ciudad. Pero no te vas por valentía. Te vas porque no soportás ver lo que podría haber sido tuyo.”

Una apareció escrita en una hoja arrancada de un cuaderno escolar, con manchas de tinta azul. Decía: “En este, alguien te escribe una carta que nunca vas a leer.” ¿Era esa? ¿Era otra? ¿Me estaba advirtiendo de la carta que tenía en la mano o de una que ya no iba a encontrar?

Otra vez, la dejé entre las páginas de un libro. Después empecé a guardarlas en una caja vieja de zapatos que tenía debajo de la cama. Una caja azul, con las esquinas comidas por el tiempo. Cada tanto la abría, desplegaba las cartas una por una, buscando algún patrón, alguna lógica, algo que me explicara qué versión de mí las estaba enviando o por qué.

Pero no había fechas. No había nombres. No había indicios. Solo frases sueltas, como fragmentos de conversaciones ajenas. Como si estuviera escuchando una llamada telefónica que no era para mí, o que ya había ocurrido en otra vida.

Algunas eran crueles de un modo que no podía explicarme. “Hay un futuro en el que alguien que querés mucho muere y vos no estás. No porque no puedas, sino porque elegiste no contestar el teléfono esa noche.”

Otras eran casi burlonas. “En uno, te enamorás. No sirve de nada.”

Una vez apareció una hoja calada por gotas. La tinta se había deshecho en un punto central. Solo pude leer la parte inferior: “… no digas que no te avisaron”. Otra vez, la carta llegó completamente quemada en un borde, como si hubiese pasado por un incendio pequeño. Solo dos palabras se salvaban: “todavía podés”.

Intenté responder una vez. Escribí una nota con mi letra firme: “¿Quién sos? ¿Qué querés de mí?” La dejé en el suelo, donde solían aparecer las otras. La encontré a la mañana siguiente en el mismo lugar. Intacta. Como si a nadie le importara mi pregunta. Como si no hubiera nadie del otro lado. Solo cartas. Solo frases.

Desde entonces empecé a tener miedo de mis movimientos. De mis decisiones pequeñas. Me preguntaba: ¿es esta la tarde en la que elijo el futuro malo? ¿Es este el día en que dejo pasar lo que debería haber tomado?

Empecé a no contestar mensajes. A no abrir correos. A dejar sonar el teléfono sin atender. No por desidia, sino por el terror de estar eligiendo sin saberlo. Cada gesto, cada silencio, podía ser el principio de una de esas cartas.

Una llegó escrita en el reverso de una factura de gas. Otra en una servilleta. Otra en una hoja de cuaderno escrita con birome roja: “Hay un futuro donde nunca aprendiste a decir que no, y ese es el peor.”

La última llegó cuando empezó la temporada de lluvias. Fue una noche que no había luz. La ventana abierta, el viento torciendo los marcos, el agua filtrándose por el techo. La hoja estaba ahí, apenas sostenida por un libro viejo en el suelo, como si el viento la hubiera empujado hasta mis pies. Decía: “Hoy es”. Nada más. No qué. No por qué. No cómo. Solo eso: hoy es.

Estuve horas sentada en el borde de la cama, la hoja abierta sobre las rodillas. No podía decidir si salir o quedarme. Si dormir o esperar. Si hablar o callar. Me pregunté si era eso: que no importaba qué hiciera, que ya estaba escrito. O que cada decisión era escribirlo en ese mismo momento.

No salí. Tampoco dormí. Me quedé despierta, quieta, escuchando la lluvia, como si alguien más respirara en el rincón.

Las cartas no volvieron.

Pero desde esa noche, a veces me despierto con la sensación de que olvidé algo. No algo grande. Algo mínimo. Como si hubiera dejado una puerta entornada sin saberlo, y ahora por esa rendija entrara un aire frío que no sé de dónde viene.

No sé si sigo escribiéndome desde el futuro, o si esas cartas eran los restos de lo que fui dejando atrás mientras vivía sin prestar atención. No sé si sigo eligiendo, o si ya elegí todo.

Pero algunas noches —las más húmedas, las más lentas— escucho un roce en el pasillo. El leve arrastre de un papel que no llega nunca.

No prendo la luz. Me quedo quieta.

Por si acaso.

Por si es ahora.

Por si ya fue.

Por si siempre estuvo escrito.