Privado, pero público

Todo comenzó con una cámara, una pareja y un gesto. Un recital de Coldplay en Boston. Una kiss-cam improvisada proyectó, sobre pantallas gigantes, a un CEO abrazando con visible ternura a la jefa de Recursos Humanos de su empresa. El público aplaudió y rió. Algunos, en silencio, grabaron. Nadie lo sabía aún, pero estaban presenciando el nacimiento de un escándalo.

Ambos —el ejecutivo y la mujer— estaban casados con otras personas. El dato se confirmó apenas unas horas después, cuando fragmentos del abrazo circularon por TikTok, X y YouTube. La escena se convirtió en un fenómeno viral. No hizo falta que hablaran: las redes ya lo habían hecho por ellos. Memes, juicios morales, lecturas corporativas y afectivas: una maquinaria de interpretación que convirtió un gesto privado en espectáculo global.

¿Qué ocurre cuando lo íntimo se vuelve visible sin consentimiento? ¿Dónde empieza lo público cuando las cámaras ya están siempre listas? ¿Qué queda de la privacidad cuando la posibilidad de ser grabados es la nueva normalidad?

Vivimos en una época donde el yo está mediatizado por pantallas y algoritmos. Ya no solo nos expresamos en redes: somos expresados por ellas. La escena de Boston no es solo una anécdota sentimental, sino un síntoma. Lo que se viralizó no fue solo una relación extramatrimonial: fue la tensión estructural entre afecto y vigilancia, entre espontaneidad y escrutinio, entre el deseo de mostrarse y la obligación de ser visto.

Erving Goffman hablaba del “frente” y el “tras bastidores” como formas de regular la presentación del yo. Pero en el mundo actual, donde las cámaras no descansan, ese “detrás” parece haber desaparecido. Todo es escenario. Toda interacción, potencialmente pública.

Durante siglos, lo privado fue un refugio: el hogar, el cuerpo, incluso el pensamiento no dicho. Hannah Arendt lo pensó como un espacio donde no todo era mercancía ni discurso, donde se podía estar sin exponerse. Hoy, esa frontera se volvió porosa. Lo íntimo ya no es un lugar: es una interfaz.

La pandemia aceleró este desdibujamiento. En cuestión de semanas, el hogar se convirtió en escenografía laboral. Cocinas, bibliotecas, camas mal tendidas: todo fue absorbido por el encuadre del Zoom. Se decía que trabajábamos “desde casa”, pero en realidad se trató de una colonización del espacio íntimo por la lógica de la productividad. Lo doméstico se volvió paisaje corporativo. Desde entonces, no sabemos bien dónde termina la vida privada y dónde empieza la pública. Tal vez ya no haya diferencia.

La kiss-cam, por su parte, es un pequeño teatro afectivo: pide una performance amorosa ante miles. Como diría Judith Butler, exige un gesto que confirme una narrativa. Si no besás, si no sonreís, quedás fuera de escena. Pero ¿qué pasa cuando el guion no encaja con la vida real?

Esa noche, el recital se transformó en otra cosa: en telenovela involuntaria. Guy Debord lo anticipó: vivimos en una sociedad donde todo puede devenir espectáculo. El abrazo mutó de expresión privada a producto visual. De emoción a evidencia. De gesto a juicio. Y la viralidad no esperó al final de la canción.

Zygmunt Bauman hablaba de “vidas líquidas”, donde los vínculos se diluyen tan rápido como las stories que desaparecen en 24 horas. El CEO no dio explicaciones. Su pareja cambió su nombre en redes. Luego cerró sus cuentas. Desaparecer puede parecer resistencia, pero también puede ser otra forma de rendición.

El escándalo no fue solo ético. Fue narrativo. El público sintió que tenía derecho a interpretar, a moralizar. ¿Por qué? Porque la intimidad, una vez expuesta, deja de ser de quien la vive: pasa a ser propiedad de quien la mira. Y en esta época, mirar no es inocente. Mirar es participar.

Byung-Chul Han define este fenómeno como la “sociedad de la transparencia”: todo debe mostrarse, todo debe decirse. Lo opaco es sospechoso. El caso de la kiss-cam lo ilustra: lo viral no fue el beso, sino lo que insinuaba. No bastó con verlo. Había que leerlo, compartirlo, juzgarlo. Y en eso, el algoritmo ayuda: selecciona, amplifica, edita. La espontaneidad es escenificada por una estructura invisible.

Como advierte Shoshana Zuboff, ya no se trata solo de datos: también se comercian emociones. Nuestros gestos, reacciones, vínculos, son registrados, procesados y vendidos. La intimidad se transforma en valor de cambio. Y lo más inquietante es que no lo notamos: simplemente seguimos mirando.

Porque hoy no solo actuamos para las redes: también miramos como si fuéramos una de ellas. El algoritmo dirige nuestra atención, y nosotros miramos según ese libreto. Mirar se ha vuelto un deber afectivo y moral: hay que saber, hay que opinar, hay que compartir.

Susan Sontag lo dijo hace tiempo: vivimos en una cultura de la imagen donde el valor no está en el hecho, sino en su capacidad de ser visto. Y más aún: de ser registrado. Ya no basta con vivir algo. Hay que probarlo. Mostrarlo. Capturarlo.

En los recitales, miles de personas levantan el celular y filman lo que está justo frente a ellos. No solo para ver después, sino para mostrar a otros que estuvieron ahí. Como si la experiencia, por sí sola, no bastara. Como si sin prueba, no hubiera emoción. La memoria se delega al archivo digital. El presente se sacrifica por su posteridad.

Tal vez el vértigo no esté en lo que vemos, sino en lo que ya no podemos dejar de mirar. Esa urgencia callada de estar atentos, de responder. De no parar nunca.

Y, sin embargo, no todo está perdido en esa lógica. Rita Segato advierte que no toda visibilidad es degradante. A veces, lo que se muestra puede incomodar al poder. Desarmar su escenografía. Ese abrazo no solo reveló una infidelidad: también mostró que las figuras corporativas —los CEOs, los ejecutivos— tienen un cuerpo. Y ese cuerpo, cuando aparece, altera el protocolo.

Para Suely Rolnik, ese desplazamiento es clave: la subjetividad no está del todo capturada. Hay margen para el gesto inesperado. Mostrar también puede ser subversivo, si descoloca lo previsto.

Tiziana Terranova recuerda que lo que circula nunca es neutro. Las plataformas capturan afectos y los convierten en datos. Pero no todo se deja domesticar. A veces, un abrazo banal desata intensidades que ninguna métrica puede predecir.

Nelly Richard nos alerta: lo privado nunca fue una zona pura. Siempre fue un campo de disputa. Lo íntimo puede escandalizar, sí, pero también puede incomodar, sacudir, abrir nuevas formas de pensar. La exposición no es siempre sumisión: a veces es táctica.

Quizás ese gesto, lejos de ser solo un chisme, fue también un pequeño sabotaje. Un afecto filtrado en medio del decorado. Un cortocircuito en la máquina de la transparencia.

Kate Crawford lo señala con claridad: no alcanza con mirar lo visible. Hay que interrogar las infraestructuras que lo producen. Lo que aparece en pantalla no es casual: es decidido por sistemas automáticos que seleccionan lo que merece circular. El espectáculo ya no es solo cultural. Es técnico. Y lo más difícil: trata de parecer invisible.

Tal vez la pregunta no sea cuánta privacidad estamos dispuestos a perder, sino qué sentido queremos darle a lo que exponemos. ¿Mostramos para obedecer? ¿Para emocionar? ¿Para perturbar? ¿Para sabotear?

Porque en esta época, hasta un abrazo puede ser un manifiesto.