La piedra en el zapato

Hay una imagen del poder que Tolkien entendió mejor que muchos politólogos. En El Señor de los Anillos, los palantiri son esferas de vidrio oscuro que permiten ver a través de la distancia y el tiempo. La trampa está en que muestran solo lo que el ojo más poderoso quiere que vean. Sauron no miente con ellas. Selecciona. Y esa selección, administrada con la frialdad de quien controla la fuente, es la forma más perfecta de dominio que existe: aquella en la que el dominado cree que está mirando la realidad cuando en verdad está mirando la realidad del dominador.

Peter Thiel eligió ese nombre para su empresa de inteligencia de datos. Pocas veces en la historia reciente alguien ha sido tan transparente en sus intenciones como para anunciarlas en el nombre de su corporación y que, aun así, el mundo tarde tanto en entender lo que está diciendo.

Thiel nació en Frankfurt en 1967, creció en California, y estudió filosofía y derecho en Stanford. Ese detalle importa: llegó al poder con un proyecto de sociedad en la cabeza, con lecturas, con una arquitectura conceptual construida pieza por pieza. Su pensamiento político descansa sobre tres pilares: la teoría del deseo mimético del filósofo René Girard, que sostiene que el deseo es imitado y que la competencia genera violencia cuya solución son los monopolios; la distinción amigo/enemigo de Carl Schmitt como eje esencial de lo político; y la convicción de Leo Strauss de que los textos tienen dos niveles de lectura, uno para el público general y otro para los iniciados, y que son esas élites las que gobiernan de verdad. Tres filósofos, tres herramientas de dominación. Un solo arquitecto.

Su carrera comenzó a fines de los años noventa cuando cofundó PayPal junto a Elon Musk. En el año 2000, su empresa Confinity se fusionó con X.com dando origen a PayPal, aunque una maniobra interna liderada por Thiel desplazó a Musk del cargo de CEO poco tiempo después. De ese ecosistema emergió lo que se conoce como la PayPal Mafia: un grupo de fundadores que pasaron a crear o financiar casi todas las empresas tecnológicas gigantes de la actualidad. Thiel es su figura central: el arquitecto de un entramado de vigilancia masiva que ha servido a las agencias de inteligencia más poderosas del mundo y el ideólogo que cuestionó abiertamente la compatibilidad entre la libertad y la democracia.

El siguiente paso fue Palantir. En 2003, Thiel fundó Palantir Technologies, especializada en el análisis de big data, con el respaldo financiero de In-Q-Tel, el fondo de inversión de la CIA. Ese dato merece detenerse. Palantir no nació en un garaje. Nació con el capital de la inteligencia norteamericana. El Estado que Thiel dice despreciar fue su incubadora. La diferencia que él sostiene, entre Estado como herramienta y Estado como obstáculo, es la clave de todo su sistema.

En 2025, el 54% de los ingresos de Palantir provinieron de clientes gubernamentales. Entre 2009 y 2025, obtuvo más de 2.700 millones de dólares en contratos con dinero público del erario de los Estados Unidos. La empresa que construyó el hombre que dice que el Estado es el problema vive, en más de la mitad de sus ingresos, del dinero del Estado. El Estado se privatiza desde adentro. Se vacía de instituciones y se rellena de algoritmos. Se convierte en cliente cautivo de la corporación que antes era externa. Es la colonización más silenciosa que existe: no hay banderas que arriar, no hay tratados que firmar. Solo hay contratos.

¿Y qué hace Palantir con esos contratos? Datos públicos e investigaciones de prensa muestran que desarrolló softwares con inteligencia artificial para asistir a ICE en sus operativos de deportación. Organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado que estas herramientas facilitan violaciones sistemáticas a los derechos humanos, permitiendo el seguimiento y la detención de familias enteras. En febrero de este año, el software Maven del Pentágono, que selecciona y ordena objetivos militares, operó con una base de datos desactualizada y bombardeó una escuela iraní donde murieron más de 170 personas, muchos de ellos niños. La respuesta de la empresa ante las críticas fue pragmática y cínica: si no lo hacemos nosotros, lo hará alguien peor. La responsabilidad reemplazada por la inevitabilidad. Esa es la ética del siglo XXI corporativo en toda su extensión.

Thiel leyó a Girard y entendió que la competencia genera violencia mimética, que todos quieren lo que todos quieren hasta destruirse mutuamente. Su solución fue el monopolio. En De cero a uno, sostiene que el verdadero progreso ocurre cuando una empresa crea algo totalmente nuevo y que los grandes saltos los dan los monopolios tecnológicos. La competencia es para perdedores, escribió, con la serenidad de quien ya ganó. Si el monopolio es la condición de todo negocio de éxito, entonces la democracia —que descansa sobre la pluralidad, la competencia de ideas, el equilibrio de poderes— es, por definición, un obstáculo.

Y Thiel lo dice. No entre líneas. Lo dice. En 2009 publicó el ensayo La educación de un libertario, donde sostenía: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Un año más tarde dijo que “la tecnología permite cambiar el mundo sin tener que convencer gente que nunca va a estar de acuerdo”. La tecnología como bypass de la política. El algoritmo como sustituto del debate. El contrato como reemplazo de la ley. Hoy Palantir moldea la política y no al revés. El debate sobre el uso de armas autónomas gira en torno a la presencia de humanos en el circuito de decisión: Thiel quiere sacarlos. Y la misma pregunta puede aplicarse a otras decisiones que hoy se delegan al algoritmo: asignaciones de partidas, planes sociales, persecución de disidencias. Ese es el final de la democracia que planea Thiel: silencioso, contrato por contrato, base de datos por base de datos.

El pensamiento de Thiel se vincula con la llamada Ilustración Oscura (Dark Enlightenment), un movimiento que reúne a pensadores como Curtis Yarvin, Steve Bannon y Andrew Breitbart, quienes promueven la idea de que el Estado debería funcionar como una corporación, con un CEO al mando y ciudadanos convertidos en accionistas. El voto no vale. Vale la participación accionaria. La ciudadanía se reemplaza por el membership. La soberanía popular deviene cuota de usuario.

Sus ensayos afirman que el aumento de los beneficiarios de asistencia social y la extensión del derecho al voto a las mujeres en 1920 volvieron obsoleta la “democracia capitalista”. Hay que leer esa frase con atención. Es la consecuencia lógica de su sistema: si el monopolio es el bien, si la competencia es el mal, si la democracia interfiere con el monopolio, entonces todo lo que amplió la democracia —el sufragio femenino, los derechos sociales, el Estado de bienestar— fue un error histórico.

El economista Yanis Varoufakis lo llama tecnofeudalismo: el reemplazo del capitalismo de mercado por un sistema donde las grandes plataformas extraen renta de todos los que viven dentro de su ecosistema. El señor feudal no vendía: cobraba por el acceso a la tierra. Hoy la tierra es el algoritmo, la red, la base de datos. Y quien la posee simplemente cobra el peaje. Thiel ha imaginado un orden geopolítico donde, en lugar de la ONU con sus debates parlamentarios, la coordinación global la ejerzan los servicios de inteligencia del mundo, operando fuera de los controles y equilibrios de la democracia representativa. El Palantir de Tolkien en escala planetaria: una esfera que todo lo ve, controlada por quien decide qué se muestra y qué se oculta.

Eso es lo que viene a negociar Peter Thiel en Buenos Aires. Trae su tecnología y trae una ontología. Una manera de ver el mundo donde la democracia es ineficiencia, la soberanía es un malentendido, la privacidad es un lujo que los pobres no pueden pagarse y el poder corporativo es la única forma de orden posible. Una oferta de civilización que se parece demasiado a la barbarie.