Apoyás el pulgar contra el vidrio y el teléfono se abre. No hace falta contraseña, no hace falta acordarse de nada. El cuerpo conoce el gesto y lo repite antes de que la cabeza termine de despertarse. Del otro lado de ese gesto queda un registro: la hora, el lugar, cuánto tardaste en desbloquearlo. Tal vez también qué aplicación abriste después. Nadie te pidió ese dato con un formulario. Te lo pidió un diseño.
Esta semana el fin del mundo volvió a los portales. Un investigador de Anthropic renunció con un mensaje que se viralizó en horas y dijo que dentro de la empresa creen que la inteligencia artificial que están desarrollando podría matar a todos los seres humanos antes de 2030. Su jefe respondió públicamente que tenía razón. Circularon porcentajes, la ruleta rusa, Geoffrey Hinton, Bill Gates. Durante dos días buena parte de Twitter, y algunos otros medios, discutió el asunto.
La posibilidad de una inteligencia artificial capaz de destruirnos tiene algo tranquilizador: todavía podemos imaginarla como una cosa que viene. Mientras tanto, ya existe otra maquinaria que trabaja con nosotros todos los días y que no necesita voluntad propia para modificar nuestra conducta.
La aplicación del banco pide acceso a los contactos del teléfono para “prevenir fraudes”. La del supermercado quiere la ubicación activada todo el día, no solamente cuando entrás a comprar. El reloj que usás para correr guarda el pulso, las horas de sueño y las noches en que dormiste mal. Información que hace veinte años podía conocer un médico, y que quedaba en una ficha guardada en un consultorio, ahora circula por servidores de empresas cuyo negocio consiste, precisamente, en acumular información sobre nosotros.
A nadie lo obligaron. Ahí está una de las dificultades. Elegimos instalar el asistente que escucha desde la mesa de luz. Elegimos desbloquear el teléfono con la cara o con la huella. Elegimos una aplicación de citas y le contamos qué edad tenemos, dónde vivimos, qué buscamos y con quién deslizamos el dedo hacia la derecha. A cambio obtenemos algo bastante concreto: comodidad. Entramos más rápido, encontramos antes, compramos con menos pasos, recibimos una recomendación que parece hecha para nosotros.
Gramsci llamaba hegemonía a eso que termina funcionando como sentido común y deja de sentirse como una imposición. Hoy una parte de ese sentido común pasa por la comodidad. Tocamos “aceptar” antes de leer el texto de abajo porque queremos llegar a otra cosa. Pero muchas veces ni siquiera hace falta que nos pidan los datos. Los damos.
Hay gente que publica dónde está mientras está ahí. Fotografía el plato antes de comerlo, la habitación de hotel antes de desarmar la valija, el cumpleaños antes de que termine. Cuenta cuánto trabaja, cuánto corre, qué compró, con quién salió. Hay personas que convierten una pelea de pareja en una historia de Instagram y después borran la historia, aunque para entonces ya haya sido vista, copiada y reenviada.
La frontera entre lo público y lo privado se volvió más difícil de reconocer porque una parte de nuestra vida empezó a depender de ser mostrada. Y tampoco mostramos cualquier cosa. Mostramos el viaje, pero no la espera de cuatro horas en el aeropuerto. La comida, pero no el plato que salió mal. La pareja, pero no la discusión que ocurrió media hora antes. El trabajo cuando conseguimos algo que podemos contar. La casa cuando está ordenada. El cuerpo después de entrenar.
La versión que publicamos suele estar un poco por encima de la vida que tenemos. Ese pequeño desplazamiento alcanza para construir una industria entera. La publicidad sabe qué buscamos porque se lo contamos. A veces de manera directa, cuando escribimos “zapatillas para correr” en Google. Otras veces de forma mucho más torpe y más íntima: cuando seguimos a alguien que viaja, cuando miramos veinte videos sobre entrenamiento, cuando guardamos fotos de departamentos que no podemos pagar.
La(s) plataforma(s) junta(n) esas señales y arma una hipótesis sobre nosotros. Después intenta vendernos algo. Si queremos viajar, aparecen vuelos y hoteles. Si nos preocupa el cuerpo, aparecen dietas, gimnasios y suplementos. Si queremos cambiar de trabajo, aparecen cursos. Si seguimos cuentas de decoración, empiezan a aparecer muebles. La publicidad aprendió algo bastante sencillo: para vender una vida hay que averiguar primero cuál es la vida que alguien imagina para sí mismo.
La intimidad se volvió un insumo comercial. Lo extraño es que muchas veces colaboramos con entusiasmo. Subimos la foto porque queremos que la vean. Revisamos cuántos corazones consiguió. Miramos cuántas personas vieron la historia. Volvemos a publicar cuando una publicación funciona menos de lo esperado. El teléfono nos muestra la reacción de los demás y nosotros ajustamos lo que mostramos. También aprendemos a mirar nuestra propia vida desde afuera.
¿Cómo queda esta foto? ¿Parece que estoy bien? ¿Parece que viajé? ¿Parece que este restaurante es caro? ¿Parece que tengo amigos? ¿Parece que estoy haciendo algo interesante? La vida cotidiana adquiere una segunda existencia: la que podría tener en una pantalla.
Los algoritmos necesitan esa exposición porque necesitan datos. Pero también necesitan otra cosa: que permanezcamos ahí. Que miremos un video más. Que comentemos. Que discutamos. Que volvamos mañana. Una plataforma aprende que una persona mira durante ocho segundos un video sobre cocina y abandona en dos un video sobre economía. Aprende que otra se queda mirando hasta el final cada vez que aparece una discusión sobre inmigración. Aprende que una tercera comparte casi todo lo que habla de corrupción. No necesita saber por qué. Le alcanza con registrar la conducta.
Con millones de personas, esos patrones empiezan a servir para ordenar lo que cada uno ve. Lacan hablaba del gran Otro como una instancia que sabe algo de nosotros y nos devuelve una mirada desde un lugar que no podemos ocupar. Durante siglos esa posición pudo estar asociada con Dios, el Estado o un confesor. Hoy hay una versión bastante menos solemne y mucho más eficaz: un sistema de recomendación que no tiene rostro, pero sabe qué palabra consigue que mires dos segundos más. Nosotros mismos le fuimos entregando el material.
Una búsqueda a las tres de la mañana. Un video que vimos hasta el final. Una foto que miramos varias veces. Una persona a la que dejamos de seguir. Un comentario que escribimos enojados. Y acá la política se encuentra con el negocio de la atención. La bronca funciona muy bien en una pantalla. Una frase que provoca indignación consigue respuestas. Las respuestas generan más circulación. La circulación trae más respuestas. Un insulto puede producir en diez minutos más actividad que una explicación de mil palabras.
El algoritmo no necesita tener una opinión sobre el asunto (aunque la tiene). Le alcanza con descubrir qué hace que la gente se quede. Por eso los discursos de odio encuentran condiciones tan favorables en las redes. Una publicación que identifica un enemigo y propone una respuesta inmediata tiene una ventaja sobre una explicación que necesita contexto. Se entiende rápido. Se comparte rápido. Se puede contestar desde el teléfono mientras uno espera el colectivo.
La indignación es un extraordinario conductor de interacción digital. Y la política, o al menos una parte de ella, aprendió a usarla. Cuando aparece una noticia incómoda -un dato de pobreza, un escándalo de corrupción, un aumento de tarifas- siempre existe la posibilidad de discutirla. También existe la posibilidad de instalar otra cosa.
Una frase ofensiva. Una pelea entre dos figuras. Una polémica alrededor de un tema que permite indignarse sin saber demasiado. Una acusación que circula antes de que alguien tenga tiempo de comprobarla. No hace falta que la historia inventada sea especialmente convincente. Tiene que ser rápida. Los bots y las cuentas coordinadas pueden ayudar a eso. No necesitan convencer a millones de personas. Pueden repetir una consigna hasta que periodistas, dirigentes y usuarios comunes empiecen a discutirla. En ese momento la conversación ya consiguió algo importante: ocupar espacio.
La propaganda de otras épocas necesitaba convencer. Las redes tienen una herramienta adicional: pueden decidir qué aparece delante de nuestros ojos una y otra vez. Eso cambia también la forma en que elegimos. Un candidato puede ser conocido por una propuesta concreta o por una pelea que tuvo con alguien. Una medida económica puede discutirse por sus consecuencias o quedar enterrada debajo de un video que provocó millones de insultos. Un político puede conseguir más atención diciendo algo deliberadamente ofensivo que explicando durante media hora qué piensa hacer con el presupuesto.
“La máquina” no distingue demasiado entre entusiasmo, miedo y bronca. Cuenta la interacción. La atención. La lucha por ponernos a ver algo para vendérnoslo. Un jabón, un candidato o un viaje en barco. Y nosotros tampoco siempre distinguimos entre importancia y repetición. Si una frase aparece cien veces, empieza a parecernos que está en todas partes. Si todo el mundo discute un tema, cuesta imaginar que quizá no sea el tema más importante del día.
Mientras tanto, seguimos entregando información. Mostramos dónde estamos. Qué compramos. Qué deseamos. Qué odiamos. Qué nos preocupa. Qué candidato nos provoca rechazo. Qué tipo de cuerpo queremos tener. Qué vida nos gustaría llevar. Después esa información vuelve convertida en anuncios, recomendaciones, noticias y discusiones.
Discutimos, con razón, qué puede llegar a hacer la inteligencia artificial y qué riesgos puede traer consigo. Pero tanta atención puesta en la inteligencia de las máquinas también puede hacernos olvidar algo más cercano: qué lugar estamos dejando para nuestra propia inteligencia.
Tal vez la discusión debería servir para otra cosa. Para pensar cómo usar la tecnología para ampliar lo que somos capaces de hacer, para aprender mejor, crear más, tomar mejores decisiones y entender un poco más el mundo que nos rodea. La inteligencia artificial puede ser una herramienta para eso. También puede terminar haciendo lo contrario si delegamos en ella incluso aquello que todavía podemos pensar por nuestra cuenta.
Porque mientras intentamos imaginar qué harán las máquinas cuando sean más inteligentes, hay una pregunta bastante más inmediata: qué vamos a hacer nosotros con la inteligencia que todavía tenemos. ¿La usaremos?
