Vuelve a escena como un animal que, lejos de haberse domesticado con el tiempo, conserva el filo de su mordida. Nacida en la Buenos Aires subterránea de los años 80 y 90 —ese territorio donde Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese convirtieron el escenario en laboratorio de excesos, insolencias y ternuras torcidas—, la obra regresa bajo la dirección de Malena Miramontes Boim para demostrar que su humor negro, su delirio y su violencia poética no han perdido temperatura. Lo que en su origen fue irreverencia pura hoy se lee también como archivo vivo de un teatro que eligió la intemperie antes que la corrección.
El espacio de la acción es mínimo y sofocante: tres hermanas atrapadas en una casa sitiada por dos guerras —la que se libra afuera, con la pólvora y el miedo; y la que carcome adentro, en la lenta descomposición de la sangre y los afectos—. Karen, Kara y Kiri son, más que personajes, figuras deformadas por el encierro y la espera. Karen, severa, cargada de un desencanto que suena a sentencia; Kara, aferrada a una fe ingenua que parece prestada de un mundo anterior; Kiri, moribunda y ausente, pero más presente que todas, como un rumor que se filtra por las paredes. La obra se despliega en ese territorio ambiguo donde el grotesco roza la poesía, y donde el absurdo no aligera la tragedia, sino que la intensifica.
En esta versión, el texto respira a través de una puesta que convierte la estética camp en un manifiesto. El glamour kitsch no es un disfraz, sino un modo de sostener el dolor, de convertir la caída en espectáculo. El vestuario, la luz y los objetos cargan un exceso deliberado, como si en la saturación visual se encontrara la última defensa contra la desaparición. Darío Serantes y Juan Rutkus interpretan con una precisión que sabe cuándo detenerse en la pausa y cuándo dejar que la energía desborde, construyendo una química escénica que oscila entre la crueldad y la ternura, entre la risa incómoda y la punzada.
La moribunda es, en su núcleo, una obra sobre la resistencia: la de los cuerpos que se niegan a aceptar su deterioro, la de las palabras que insisten en inventar mundos cuando el mundo real se estrecha hasta asfixiar. La fantasía aquí no es un escape, sino una trinchera. El humor, lejos de suavizar el golpe, lo afila. El delirio no es una pérdida de control, sino la estrategia última para sostenerlo.
En tiempos en que el teatro corre el riesgo de volverse un producto pulido y previsible, esta obra recuerda que la escena puede —y quizá deba— incomodar, provocar, desordenar. Que en el temblor de lo imperfecto hay una verdad más perdurable que en la forma impecable. Y que, a veces, la belleza se asoma solo cuando el espectáculo está a punto de derrumbarse.
Ese derrumbe —dentro y fuera del escenario— es el que La moribunda sigue habitando, con la misma ferocidad de hace treinta años, como si el tiempo no hubiera hecho más que afilar sus dientes. Y es ahí donde, todavía hoy, deja su herida abierta.
Ficha técnico artística
Dramaturgia: Humberto Tortonese, Alejandro Urdapilleta. Actúan: Juan Rutkus, Darío Serantes. Diseño de vestuario: Alejandro Mateo. Diseño de escenografía: Alejandro Mateo. Diseño sonoro: Matías De Stéfano Barbero. Redes Sociales: Agustin Corsi. Música original: Matías De Stéfano Barbero. Diseño De Iluminación: Malena Miramontes Boim. Fotografía: Nacho Lunadei. Diseño gráfico: Sabrina Lara. Asistencia de dirección: Ayelén de la Rosa. Prensa: Valeria Franchi. Producción ejecutiva: Verónica Parreño. Dirección: Malena Miramontes Boim.
