Los comedores de papa

Por D.M.

No entendía por qué mi abuela lloraba mientras las pelaba. Yo tenía ocho años y pensaba que, igual que la cebolla, aquel tubérculo expulsaba un vapor invisible capaz de obligar a las lágrimas a salir. Me acerqué a la mesa, y sus manos estaban hundidas en un cuenco de agua, donde las giraba con la paciencia de quien pule una piedra en el río. El cuchillo acompañaba ese vaivén con precisión, desprendiendo la piel terrosa con una parsimonia aprendida, como si cada corte esperara algo que nunca terminaba de llegar.

Cuando notó mi mirada, levantó los ojos —húmedos, no de cebolla— y dijo:

—La papa es el único alimento que dan los muertos.

No entendí la frase. Solo el olor: tierra húmeda, raíz arrancada de un sueño profundo. Me incliné para aspirarlo y sentí que la cocina se expandía, más silenciosa, como si el aire contuviera algo que aún no había sido nombrado. Cada corte dejaba caer las cáscaras en un bol de esmalte despintado. Marrones y tibias, se apilaban mientras el agua arrastraba la tierra, volviéndolas más claras, más transparentes. El goteo constante parecía marcar el tiempo, lento y exacto.

Años después supe que esa frase no era del todo suya. Venía de su madre, quizá de su abuela: mujeres de un pueblo polaco donde la papa no era solo alimento, sino la frontera entre sobrevivir o no al invierno. En estaciones interminables y cosechas insuficientes, hervida en agua, era lo único capaz de sostener a un cuerpo al borde del colapso. Blanda y tibia, se ofrecía a quienes no podían luchar contra el hambre con los dientes: ancianos con encías fatigadas, bebés que tragaban a sorbos pequeños. Para los demás, era lo que había.

De su pueblo hablaba poco y en voz baja, como si cada palabra trajera un eco que aún le cerraba la garganta. La guerra fue la lente con que aprendió a mirar todo: lo que iluminaba y aquello que oscurecía. En el exilio los llamaban —con sorna y lástima— “comedores de papa”. Para otros, era carencia; para ellos, se volvió emblema: un título heredado, una contraseña de resistencia pronunciada en susurros orgullosos.

El barro se pegaba a las manos hasta secarse y cuartearse; los dedos temblaban de frío mientras escarbaban sin descanso. A veces levantaban el suelo y no encontraban nada: solo raíces podridas que se deshacían entre los dedos. Mi abuela decía que tenía pesadillas con que lo mismo sucediera en Argentina, que el terreno se pudriera. La recordé apretando la papa con los nudillos blancos, como si todo pudiera desaparecer de golpe y dejarla sin nada.

El humo de la olla se enredaba en manos y ropa. Los vecinos se inclinaban, cuchara tras cuchara, sobre un caldo donde flotaban apenas trozos de papa. Algunos se limpiaban la nariz con el dorso de la mano; otros miraban al suelo, masticando lento y midiendo cada bocado. Nadie decía nada: el frío y el hambre ocupaban la cocina más que la luz que entraba por la ventana.

De pronto, todas esas imágenes se encastraron y apareció, nítida, la pintura de Van Gogh: Los comedores de papa. Cinco campesinos alrededor de una mesa escueta, iluminados por la lámpara colgante que filtraba cada sombra y arruga. Las manos, grandes y callosas, sostenían papas con un gesto que mezclaba necesidad y ceremonia, como si en ese acto mínimo se condensara la historia de generaciones enteras. Los rostros, rugosos y fatigados, parecían esculpidos en el mismo barro que los alimentaba.

En su cocina porteña, mi abuela sostenía una convicción extraña: las papas hacen el camino inverso de los muertos. Cada vez que alguien muere, una brota en su lugar. Comerlas es recordarlos. No lo decía como revelación solemne, sino con la modestia de quien dicta una receta heredada. Yo la escuchaba con la fascinación de quien entra en un mundo sin mapas.

Me gustaba imaginar que la papa había hecho un viaje de ida y vuelta: nacida en los Andes, cultivada por pueblos originarios hace miles de años, cruzó el Atlántico para salvar a Europa en épocas de hambruna. Más tarde, mis abuelos llegaron a Argentina con papas bajo el brazo, como si el suelo se empeñara en cerrar un círculo de memoria de quienes la habían cultivado antes.

Cuando todo alrededor se derrumba, la cocina queda en pie como un altar donde lo habitual se transforma en rito. Para ella, ese espacio era el lugar donde vivos y muertos se encontraban sin ceremonia. No había retratos ni rezos de sobremesa. Solo ollas al fuego, platos hondos. —Es humilde —decía—, pero sabe esperar, como secretos que yacen bajo tierra hasta que llega su hora de volver a aparecer.

Cada papa —dulce, morada, áspera, ahumada— atesora historias, trazando un itinerario oculto de los que la precedieron. No son silenciosas, como escribió Olga Tokarczuk: las raíces conversan en secreto, se rozan bajo tierra y cruzan mensajes invisibles. Pelarlas, hervirlas, comerlas es escuchar esa conversación muda: un murmullo de voces antiguas que se teje entre la humedad, el suelo y los ecos de lo que fue.

Cuando ella murió, encontramos en su casa, como si fuera inevitable, un saco de papas que empezaban a germinar. Los brotes eran blancos y delgados, dedos buscando la luz. No las tiramos; las plantamos. Ese verano, al arrancarlas del suelo, supe al fin lo que ella había querido decir.