El instante decisivo

En una esquina cualquiera, alguien se detiene frente al semáforo en rojo. ¿Por qué se detiene? Porque la regla implica no avanzar. ¿Entonces qué hace? Mira su teléfono. Levanta la vista. Duda. Cruza o espera. ¿Vienen autos o no pasa nadie? Un gesto mínimo, anodino, casi invisible. Y, sin embargo, allí ocurre lo decisivo: la elección. Ese instante frágil condensa lo humano. No importa, solo para este caso, si desencadena un choque en cadena o apenas un paso en falso: cada decisión fractura la continuidad y revela la trama secreta de la subjetividad.

¿Pero cuántas veces elegimos de verdad? La postmodernidad tardía nos ha hecho creer que vivimos en un catálogo infinito: lo que comemos, lo que compramos, lo que amamos. Pantallas interminables, menús desplegables. La ilusión de la abundancia. Bajo ese brillo aparente se esconde la trampa: la libertad como simulacro. Elegir ya no es un acto de afirmación, sino un reflejo condicionado.

Lacan lo anticipó: antes de hablar, ya somos hablados. Antes de decidir, ya hemos sido elegidos. Freud lo sabía: el yo no gobierna, negocia. Entre deseo, norma y realidad se libra una guerra silenciosa, invisible para el transeúnte que cruza sin mirar atrás. El sujeto no elige en el vacío: lo hace en un campo de fuerzas, y quien decide, se expone; quien elige, se arriesga.

Zygmunt Bauman describió esta trampa con precisión: modernidad líquida. Vínculos sin raíces, identidades efímeras, decisiones que se disuelven en el flujo constante de lo reemplazable. La “libertad” se convierte en scrolleo: un desplazamiento coreográfico que simula autonomía mientras la sustancia se evapora.

En Her, Theodore se enamora de una inteligencia artificial. Una elección sin cuerpo, sin roce, sin riesgo. Amar lo que no hiere, vincularse sin exponerse. No es ciencia ficción: es una metáfora del presente, donde las decisiones se anestesian para sobrevivir, donde elegir se confunde, en muchas ocasiones, con no sentir.

Borges lo planteó en El jardín de senderos que se bifurcan: cada camino tomado elimina, aunque sea momentáneamente, los otros posibles. Cada sí arrastra detrás de sí un ejército de no. La elección no es celebración: es duelo. Clarice Lispector lo dijo distinto: “Casi siempre preferimos no elegir y dejar que el tiempo decida por nosotros”. Pero el tiempo no decide: arrastra. El que no elige, abdica; el que no decide, se disuelve.

Winnicott advirtió que muchas elecciones surgen del falso self, del yo fabricado para complacer. Se actúa desde el miedo; desde la expectativa ajena, no desde la propia subjetividad. Esa obediencia silenciosa es la renuncia más devastadora. Elegir, entonces, es también desobedecer.

Camus lo expresó en clave existencial: incluso en el absurdo existe un espacio de acción. La decisión es ese margen. Sartre añadió: no elegir también es elegir; es obedecer. Entre el “no” que afirma y el silencio que consiente se juega la responsabilidad. Elegir no garantiza nada, pero prueba que existimos.

En América Latina, elegir siempre estuvo en las antípodas de la neutralidad. La colonización eligió qué lenguas silenciar y qué dioses erradicar. Las dictaduras intentaron decidir quién debía hablar y quién desaparecer. El exilio, la pobreza, el saqueo: imposiciones que dejaron cicatrices heredadas. Cada acto de elección auténtica pesa como un acto de rebelión. Galeano escribió: “La historia está hecha de decisiones que no salen en los libros”. Son esas decisiones invisibles las que sostienen lo común: pueblos que resisten el despojo. Elegir aquí es siempre colectivo; es disputar el futuro, aun cuando el sistema insista en reducir la libertad a consumo.

El catálogo de opciones prefabricadas nos hace creer que decidimos, cuando en realidad solo nos movemos en un “multiple choice” que va de lo horrible a lo terrible. No se trata de heroísmo (aunque un poco tampoco vendría nada mal): se trata de no ser cómplices. Se trata de ser, aunque sea de ratos, protagonistas de nuestra elección.

Volvamos a la persona en el semáforo. Su duda parece banal, pero en ella está todo: el cuerpo frente a la disyuntiva, la pausa que interrumpe la continuidad, el instante que revela que no todo fluye. Cada decisión —cruzar o esperar, callar o hablar, amar o huir— se apoya en preguntas más profundas: ¿hacia dónde voy?, ¿qué renuncio?, ¿qué insisto en preservar?

Elegir no es un acto funcional: es interrumpir el automatismo. Quizás lo urgente hoy no sea solo decidir sobre algo, sino decidir desde: desde el deseo, desde la memoria, desde la verdad íntima, y no desde la bronca ni el odio. Elegir es afirmar la existencia en un tiempo que nos empuja a la quietud, incluso cuando el semáforo está en rojo. Y aunque la espera genere ansiedad, la luz va a cambiar de color; pero antes de avanzar, debemos decidir dar el paso.