Una mirada sobre Fue sólo un accidente, de Jafar Panahi
La cámara registra un atropello. Algo cruza la ruta, un bulto apenas, y el auto lo golpea. La familia sigue su camino; la niña protesta desde el asiento trasero; el padre ni siquiera frena. Esa escena mínima instala la lógica que gobernará toda la película: la facilidad con la que se aparta aquello que incomoda, la rapidez con la que la vida avanza sin mirar el daño que deja atrás.
Rashid llega entonces a un taller mecánico. Su vehículo necesita reparación; el mecánico, Vahid, lo observa con una intensidad que desacomoda la escena. En ese gesto condensado aparece el reconocimiento: para él, ese hombre no es Rashid sino Eghbal, el Pata de palo, el torturador que aplicaba electricidad en los cuerpos de presos políticos. La reacción es inmediata. Vahid actúa, secuestra, conduce, se precipita hacia un territorio donde la justicia personal amenaza con convertirse en impulso ciego. Pero, a medida que la travesía avanza, la convicción inicial empieza a resquebrajarse.
La película trabaja sobre la imposibilidad de fijar un recuerdo. Los testimonios no coinciden, los fragmentos de memoria no encajan, los rostros parecen deslizarse de uno a otro sin ofrecer contornos firmes. Cada sobreviviente aporta un detalle distinto —Shiva, la fotógrafa; Hamid, su ex pareja; una mujer cuyo prometido nunca salió de prisión—, pero ninguna versión logra estabilizarse. Panahi sugiere que, en un país donde la violencia se volvió política de Estado, el verdugo funciona como categoría antes que como persona. Lo que persiste no es un rostro sino una sombra instalada en la memoria colectiva.
La ruta se abre hacia un desierto, y es allí donde la película despliega gran parte de su fuerza. Panahi aprovecha los espacios intermedios —las pausas al costado del camino, los cuerpos desplazándose dentro del encuadre, el ritmo de la cámara— para construir una tensión que no depende de las palabras. El árbol seco junto a la tumba improvisada, la quietud del horizonte, la luz que cae sin dramatismo sobre lo irreversible: cada elemento contribuye a un clima en el que los personajes parecen atrapados en un tiempo suspendido, sin promesa de reparación.
Fue sólo un accidente desmonta cualquier fantasía retributiva y expone un dilema ético que incomoda: matar a un hombre no deshace el sistema que lo produjo; no devuelve la dignidad arrebatada; no restituye la vida quebrada. Lo que persiste es una tensión entre el deseo de castigar y la incapacidad de encontrar una justicia que cure algo. Vahid intenta aferrarse a los relatos de otros para confirmar su intuición, pero cada historia profundiza la distancia entre lo recordado y lo real.
Panahi no distingue entre víctimas y victimarios. Muestra cómo el terror institucionalizado vuelve porosas esas fronteras. El hombre que sufre hoy puede cargar mañana con función distinta; en una sociedad herida, nadie queda indemne. El horror se multiplica en rostros cambiantes, y la justicia —la verdadera, la que podría reparar algo— rara vez encuentra un lugar donde afirmarse.
Lo que queda es avanzar, con el peso de lo irresuelto, cargando preguntas que quizá no tengan resolución, pero sí una potencia ética que obliga a mirar de frente lo que suele apartarse del camino.
