Entre los quince y los veinticuatro años debería abrirse un tiempo de aprendizajes.
En esta etapa suelen —o solían— aparecer los primeros empleos, proyectos que empiezan a dibujar algo parecido a un futuro. Sin embargo, una parte significativa de esa generación permanece detenida en un espacio intermedio, donde no hay aulas ni contratos, donde la educación se interrumpe y el trabajo no llega. Son los llamados “nini”: jóvenes que no estudian ni trabajan y que, en Argentina, representan hoy cerca del 15 % de su franja etaria.
El fenómeno no es nuevo. Entre 2003 y 2018, el promedio de jóvenes fuera de la educación y el empleo rondó el 17 %, con picos cercanos al 25 % en los primeros años del período.
La pandemia no hizo más que amplificar una herida previa: en 2020, cuando todo se detuvo, la proporción trepó al 22 %. Tres años después descendió al 15 %, el nivel más bajo en dos décadas. La cifra trajo alivio, pero no alcanza para borrar la huella de una generación que aprende a crecer en el vaivén de un mercado laboral quebradizo y de un sistema educativo que no siempre logra retenerlos. La recuperación posterior fue frágil: una estadística que mejora lentamente pero convive con biografías quebradas. Lo que está en juego no son porcentajes: es una generación que entra al mundo adulto con la sensación de que el suelo se abre bajo sus pies.
En el mundo, son 262 millones de jóvenes: casi uno de cada cuatro. En América Latina, la desigualdad es notoria: Chile ronda el 11 %, México supera el 20 %. Argentina, con un 13,4 % en 2025, se ubica en una franja intermedia, lejos de los peores escenarios, pero todavía vulnerable, con brechas internas que multiplican las diferencias.
Las mujeres jóvenes resultan más castigadas. Ellas cargan, en promedio, con más de noventa horas semanales de tareas de cuidado: un reloj que late sobre sus espaldas y las aleja de aulas y empleos, que las empuja a abandonar un pupitre para hacerse cargo de un hijo o de un hermano. En ese reparto desigual se abre la herida más honda: el 15,7 % de las jóvenes argentinas son “nini”, frente a un 11,1 % de los varones. La maternidad temprana, la precariedad de los oficios disponibles y la falta de redes de apoyo construyen una exclusión que no se mide solo en porcentajes, sino en horas robadas al descanso, a la educación, al futuro.
El mapa muestra sus propios centros de gravedad. En el Gran Buenos Aires, donde vive la mitad de los “nini” del país, la concentración funciona como radiografía de la desigualdad urbana: cinturones enteros de jóvenes sin horizonte inmediato, periferias donde la escuela no alcanza y el trabajo no espera. En el Noroeste, en cambio, la proporción es menor pero igual de hiriente: el aislamiento geográfico multiplica las barreras y convierte al desarraigo en una condena silenciosa.
Rocío, 19 años, vive en Lanús, y lo explica en una frase que condensa la espera: “Terminé el secundario, pero no pude seguir la facultad. No había plata para pagar el viaje todos los días hasta Capital. Busqué laburo en kioscos, en comercios, en lo que aparezca, pero sin experiencia nadie me toma. Estoy en casa ayudando a mi vieja con mis hermanos, y siento que el tiempo se me va. Cuando voy a entrevistas me preguntan qué sé hacer, y la verdad, nada más que lo del colegio”.
En los informes aparece siempre la misma palabra: “nini”. Una etiqueta rápida que uniforma lo que en realidad son vidas desiguales, con nombres propios y escenas concretas. Una chica que deja la secundaria porque no tiene con quién dejar a su hijo. Son historias que no caben en ninguna planilla, silencios que se filtran en los márgenes de los gráficos como notas al pie que nadie quiere leer.
Camila, 22 años, de Ramos Mejía, se levanta cada día a las seis de la mañana, aunque no tenga que ir a ninguna parte. El ruido de la radio en la cocina, el agua de la pava, las zapatillas en el pasillo son el paisaje rutinario de una casa compartida con su madre y sus hermanos. “No me gusta quedarme durmiendo —dice—. Me da la sensación de que estoy perdiendo el día”.
Terminó la secundaria hace cuatro años y nunca logró conseguir trabajo estable. Probó con cursos de auxiliar de farmacia y de maquillaje profesional, pero no pudo sostenerlos: “La plata no alcanzaba, y tuve que dejar”. En los últimos dos años mandó más de cien currículums. “Algunos ni contestan, otros te llaman para entrevistas y después no pasa nada. Te sentís invisible”. En la mesa, frente a un mate, Camila mira el celular en silencio y lo deja boca abajo: “Prefiero no ver cuando me rechazan. Si no suena, mejor”.
Jonathan, 24 años, de Rosario, recorre talleres mecánicos y gomerías dejando papeles con su número anotado. Terminó la escuela técnica. A veces consigue changas: reparar motos, soldar alguna reja. Vive con su pareja y un hijo de dos años. “Me gustaría poder darle más cosas al nene, que no le falte nada… pero no alcanza —dice—”. Luego, con la voz más baja: “Yo quiero trabajar, aprender, crecer. Pero es como si todo estuviera cerrado”.
Algunas políticas públicas buscaron coser esa fractura. Programas como PROG.R.ES.AR ofrecen becas que retienen a los estudiantes, pequeños salvavidas económicos para quienes están a punto de abandonar la escuela o la universidad. Pero no alcanzan a todos ni resuelven las desigualdades estructurales: la informalidad laboral, la brecha de género y la escasez de empleos formales que no exigen una experiencia imposible de tener a tan corta edad.
No se trata solo de estadísticas: se trata del derecho a un futuro. En la repetición monótona de las cifras —15 %, 22 %, 262 millones— se esconde una pregunta ética que atraviesa a toda una sociedad: qué lugar ofrece a los que recién llegan, qué espacios abre, qué espera de ellos. Cada punto porcentual es un joven en pausa, alguien que mira hacia adelante y no encuentra el pasillo que debería conducirlo al trabajo o al estudio. El desafío es ese: que los números no se vuelvan destino, que el país no se acostumbre a convivir con una generación entera suspendida en el vacío, como si el futuro fuera un lujo reservado para otros.
