Eva Schloss, quien falleció a los 96 años en Londres el pasado 3 de enero, no fue solo una sobreviviente del Holocausto: fue la hermanastra póstuma de Ana Frank, una incansable testigo de la barbarie y, durante sus últimas décadas, una voz de advertencia cada vez más urgente sobre el resurgimiento de los fantasmas que creíamos enterrados.
Nacida como Eva Geiringer en Viena el 11 de mayo de 1929, su infancia terminó abruptamente con el Anschluss de 1938, cuando la Austria nazi obligó a su familia judía a huir hacia los Países Bajos. Allí, en Ámsterdam, la familia Geiringer conoció a los Frank. Eva y Ana Frank, nacidas con apenas tres semanas de diferencia, jugaron juntas, compartieron la inocencia de la niñez antes de que el mundo se convirtiera en una trampa mortal.
Cuando la ocupación nazi de Holanda se volvió insostenible, ambas familias se ocultaron. Los Frank en el célebre anexo secreto de Prinsengracht; los Geiringer en otras habitaciones ocultas. En 1944, ambas familias fueron traicionadas. Eva, su madre Fritzi y su hermano Heinz fueron deportados a Auschwitz-Birkenau. Su padre Fritz fue enviado a Mauthausen.
Eva tenía 15 años cuando llegó al infierno. Sobrevivió mediante una combinación de suerte, la protección feroz de su madre y la solidaridad entre prisioneras. Pero su hermano Heinz y su padre murieron en los campos. Ana Frank murió de tifus en Bergen-Belsen semanas antes de la liberación del campo, junto con su hermana Margot. Otto Frank, el padre de Ana, fue el único sobreviviente de su familia.
Después de la guerra, Otto Frank y Fritzi Geiringer, ambos viudos, ambos destrozados por pérdidas inimaginables, se encontraron nuevamente. Se casaron en 1953. Eva se convirtió así en hermanastra de la niña cuyo diario ya comenzaba a convertirse en uno de los testimonios más importantes del siglo XX.
Durante cuarenta años levantó a sus hijas, trabajó, caminó por Londres sin decir nada. 1986: el negacionismo empezaba a extenderse como una mancha. Eva empezó a hablar. Escuelas, universidades, cualquier lugar donde hubiera alguien dispuesto a escuchar. En 1990, fundó Anne Frank UK. Después vinieron los libros, los aviones, las salas llenas. 2013: la orden del imperio británico. A los 90 años daba tres, cuatro conferencias en un día. El cuerpo aguantaba porque la voz no podía detenerse. Sus últimos años estuvieron marcados por una creciente desesperación ante lo que veía resurgir en Europa y el mundo: el antisemitismo, la xenofobia, el autoritarismo, la demonización del “otro”.
En entrevistas recientes, Eva había comparado explícitamente la retórica de algunos políticos contemporáneos con el lenguaje que precedió al Holocausto. Advirtió sobre los paralelos entre los años 30 y nuestra época: la normalización del discurso de odio, la erosión de las instituciones democráticas, la propaganda que deshumaniza a grupos minoritarios, los líderes carismáticos que prometen soluciones simples a problemas complejos culpando a chivos expiatorios.
“Veo los mismos patrones”, dijo en 2020, refiriéndose al auge de partidos de extrema derecha en Europa. “El mismo lenguaje, las mismas tácticas. La historia no se repite exactamente, pero rima de forma aterradora”. En su última gran entrevista, Eva dijo algo que ahora resuena como epitafio y advertencia: “Sobreviví Auschwitz. Pero me pregunto si nuestra memoria sobrevivirá a la era de la desinformación y el olvido deliberado”.
El cortometraje de ficción fue realizado por Diego Mandelman, colaborador de historias narradas.
