El mito del eterno retorno

Phil se despierta. El reloj marca las seis. En la radio suena “I Got You Babe” y el mundo comienza, otra vez, sin registro del día que ya pasó. Hay algo en ese loop que no es (solo) comedia: es el interrogante que alguna vez formuló Friedrich Nietzsche, la pregunta que quema los bordes, que pesa como hierro mojado. ¿Vivirías esto de nuevo? ¿Lo elegirías —todo, sin excepción— otra vez? Ese es, además, parte del núcleo del argumento de El día de la marmota, la película protagonizada por Bill Murray y Andie MacDowell.

Vamos muy atrás en el tiempo. Hay un hombre en 1770 que nace rico en el barrio de San Telmo, cruza el océano hacia Europa, vuelve con libros y con ganas de aportar a su naciente patria, entra al consulado como secretario y sale, décadas después, con el cuerpo roto y el bolsillo vacío, habiendo creado una bandera a orillas de un río marrón el 27 de febrero de 1812. Se llamaba Manuel Belgrano. No era un héroe de bronce. Era un ser que eligió perder lo que tenía.

—Ojalá —dijo— dejemos de escuchar que los ricos se devoran a los pobres.

Lo repitió en voz alta: ojalá.

Ya entonces había quienes preferían el silencio cómodo, quienes negociaban con los que oprimían, quienes contabilizaban los días como patrones cuentan los jornales.

Mirando el mapa al norte, en Salta, otra figura destinada a ocupar un lugar destacado en los manuales y en la Historia se plantaba. Nueve invasiones soportó. Nueve veces el peso del metal extranjero contra los huesos del territorio. Martín Miguel de Güemes, a quien llamaban padre de los pobres, inventó algo tan sencillo y tan subversivo como decir: cuando tu país te necesite, tu patrón no te descontará el día de trabajo. A eso se llamó el fuero gaucho. Una ley escrita en tierra áspera. La oligarquía nacional —esa misma oligarquía de apellidos largos y patriotismo corto— respondió con una emboscada coordinada con sus jefes en el viejo continente. Treinta y seis años tenía Güemes cuando lo mataron, a traición, con un disparo por la espalda.

Volvemos, aquí, a Nietzsche, de nuevo. El eterno retorno no es metafísica decorativa. Es una herramienta de corte, que pregunta si amás tu existencia con la densidad suficiente como para querer que se repita, cada instante, cada traición, cada victoria pequeña, cada derrota enorme, en círculos concéntricos que no terminan nunca. La Tierra, dice Nietzsche: no el más allá, no la promesa, no el aire poroso y sin textura. La Tierra, el barro. Esto. Ahora. ¿Qué repetirías? ¿Qué no?

Si la Argentina fuera al diván seguramente sería un paciente que llega tarde a sesión, repite anécdotas, promete que esta vez sí entendió algo, y al día siguiente vuelve con exactamente el mismo relato. En psicoanálisis —y especialmente en la lectura que hace Jacques Lacan— el síntoma no es un problema que simplemente se corrige: es algo que insiste. Una formación que vuelve, que se repite, que encuentra siempre la manera de reingresar por otra vía. El síntoma tiene una fidelidad perruna: aunque uno lo rechace, él sigue allí, puntual.

En la película, Phil descubre primero la dimensión más infantil del bucle repetitivo: si mañana todo vuelve a empezar a las seis de la mañana, entonces nada tiene consecuencias. Roba dinero, seduce, manipula, come sin límite. El tiempo deja de ser responsabilidad y se vuelve una especie de crédito infinito, total, la cuenta nunca la va a tener que pagar porque no existe un mañana posible. Lo único que queda por satisfacer son sus deseos más primitivos hasta el cansancio eterno.

El problema, claro, es que el síntoma no desaparece por ignorarlo. Al contrario: se refuerza. Lo que los psicoanalistas denominan repetición en política podría llamarse de muchas maneras más o menos elegantes, pero en el fondo es lo mismo: el retorno obstinado de aquello que no se quiso pensar. O que se pensó de forma equivocada. El país despierta otra vez a las seis de la mañana, suena la misma alarma, y alguien dice con entusiasmo: “Ahora sí, esta vez es distinto”. El analista, mientras tanto, anota en silencio. Porque cuando algo ocurre demasiadas veces, ya no es un accidente. Es estructura. Y las estructuras —como los síntomas— no se corrigen con entusiasmo sino con trabajo. Mucho trabajo. Y una cuota considerable de memoria para saber que lo que no funcionó ayer difícilmente funcione hoy.

Después de la fase del goce infantil —la borrachera, el robo, la seducción serial— y después también de la depresión más negra, el protagonista empieza a hacer algo extraño: aprende. Toca el piano, talla hielo, ayuda a la gente del pueblo. No porque el tiempo avance —que no avanza— sino porque aparece algo que el bucle no puede borrar: la memoria de su protagonista. De todos modos, la repetición nunca es idéntica a sí misma. Cada vuelta del síntoma trae un pequeño desplazamiento. El sujeto cambia de posición frente a lo que se repite. Y ahí aparece la posibilidad de una transformación. No se sale del laberinto negándolo, sino atravesándolo.

Por eso, en análisis, repetir no es necesariamente quedar atrapado. A veces repetir es el único modo de entender algo. El sujeto vuelve a la misma escena, dice las mismas frases, pero lentamente algo se modifica. Una palabra cae en otro lugar, un gesto se vuelve visible, una responsabilidad aparece donde antes no la había. El tiempo lógico del análisis no es lineal: se parece bastante más al tiempo circular del pueblo en donde ocurre la ficción, Punxsutawney. Solo que, a diferencia del personaje, algunos pacientes —colectivos o individuales— parecen muy poco interesados en aprender algo.

Porque hay repeticiones que no provienen del inconsciente sino de la estructura más antigua del poder. Hay apellidos que no retornan porque nunca se fueron a ningún lado. Aquellos que negociaban con el virrey mientras Manuel Belgrano hablaba de justicia, los que terminaron emboscando a Güemes cuando los gauchos empezaban a creerse demasiado protagonistas de la historia. Y, mucho más cerca en el calendario, los que encontraron en el golpe de Estado de 1976 —del que estamos a días de que se cumplan cincuenta años— la oportunidad para reconfigurar el país, cerrando fábricas, abriendo importaciones, endeudando el futuro.

En ese entonces el arquitecto económico fue José Alfredo Martínez de Hoz. No era un error histórico ni un desorden improvisado. Era un plan. No era el síntoma: era el sujeto del síntoma. Y esa clase de personajes, a diferencia de Phil, nunca se despiertan al día siguiente para enfrentar las consecuencias de lo que hicieron.

Los hechos nunca se repiten con la prolijidad de una fotocopia. Como señaló Marx en El dieciocho brumario, los grandes acontecimiento ocurren dos veces: primero como tragedia seria y dolorosa, luego como farsa paródica.

Podemos pensar que incluso dentro del bucle algo se acumula, además de deudas. En la película, el personaje que interpreta Murray tarda bastante en advertirlo, pero cada repetición deja sedimentos: un gesto aprendido, una frase distinta, una conciencia mínima de los otros. Lo mismo ocurre con las sociedades. La memoria es torpe, fragmentaria, selectiva —como toda memoria—, pero existe. Y cuando aparece introduce un pequeño quiebre en el automatismo. Ahí es donde el síntoma puede empezar a decir algo diferente de sí mismo.

Los países, a diferencia de los organismos biológicos, no mueren: se transforman, se deforman, se obstinan, se contradicen. Son más parecidos a esos analizantes que pasan años contando la misma historia hasta que un día, casi sin darse cuenta, cambian una palabra y todo el relato se desplaza.

Este 24 de este marzo se cumplen cincuenta años del último golpe de Estado cívico-militar. Cincuenta años de una fractura que cristalizó en el cuerpo del país como un hueso mal soldado. ¿Quién puede decir que eso pertenece exclusivamente al pasado cuando hace pocos días se identificaron los restos óseos de doce personas detenidas-desaparecidas, como resultado del admirable trabajo de análisis antropológico y genético realizados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en la Guarnición Militar La Calera, Córdoba, donde funcionó el Centro Clandestino de Detención de La Perla?

Umberto Eco ya lo formuló con claridad: cuando el fascismo regrese, no lo hará diciendo “soy el fascismo”. Vendrá vestido distinto. Dirá: soy la libertad. Y uno tiene que reconocer la operación semántica. Cambiar el nombre del síntoma para que el paciente no lo reconozca. El problema, como diría cualquier analista, es que el síntoma puede cambiar de disfraz, pero no de estructura.

Mientras tanto, en algún lugar del inconsciente histórico, Phil vuelve a abrir los ojos. Seis de la mañana. Otra vez la alarma. Otra vez la marmota. Hay una versión de ese círculo donde la repetición es castigo: el tiempo detenido, el nihilismo cómodo de quien cree que nada importa porque todo vuelve a empezar. No hay miedo al castigo. No hay superyó. Hay pulsiones, y objetivos, que cumplir.

Ahí vuelve la vieja provocación filosófica de Nietzsche: el amor fati. No resignarse al destino sino asumirlo con una responsabilidad casi obscena. Si todo esto se repite eternamente —si la historia vuelve con los mismos apellidos, los mismos programas económicos, los mismos discursos — entonces la dualidad se presenta de forma clara: ¿qué vamos a hacer con eso? ¿Encerrarnos a vivir el puro presente sin importar lo que pueda ocurrir porque no existe futuro posible o buscar la forma de aprender algo para que los otros no sean mero instrumento de la satisfacción pulsional de unos pocos poderosos que digitan las agujas del reloj de la inmensa mayoría?   

La historia no es lineal. Es geológica. Capas de tiempo comprimidas unas sobre otras, cada una con sus muertos, sus nombres, sus restos que todavía esperan ser identificados. No se trata de nostalgia ni de efemérides. Se trata de entender que hay un pasado que insiste —que siempre insistió— precisamente porque sabe que el único modo de garantizar su retorno es que dejemos de recordarlo. Marzo vuelve. Siempre vuelve. Y con él, una pregunta que importa: de qué lado del bucle nos va a encontrar esta vez