Jacques Lacan llamó “jouissance” —goce— a una satisfacción que excede el placer y, con frecuencia, lo destruye. No es lo que el sujeto quiere: es lo que el sujeto no puede dejar de repetir. Tiene la estructura del circuito pulsional, que no busca el bien del organismo, sino su propia continuación. Un placer termina. El goce vuelve. Y vuelve, aunque lastime, aunque agote, aunque el sujeto sepa —en alguna capa— que lo está consumiendo. Sigmund Freud llamó a eso pulsión de muerte: la tendencia a revertir la tensión hacia su propio desmantelamiento, a encontrar en la repetición destructiva algo que se parece más a la satisfacción que cualquier promesa de futuro.
La política liberal construyó su arquitectura sobre otro supuesto: el ciudadano que vota calcula, pondera y decide según lo que le conviene. Ese modelo tiene una falla estructural: ignora que entre el sujeto y sus condiciones materiales se interpone siempre una capa de fantasía —en el sentido lacaniano del término—, una narrativa que organiza el deseo antes de que el individuo pueda formular siquiera lo que quiere. El fantasma no es una ilusión que se corrige con información. Es la trama sobre la que se recortan los hechos. Los hechos llegan ya procesados por ella.
Jorge Alemán, en Ultraderechas, trabaja sobre esa capa. Las nuevas derechas radicales movilizan goce. Construyen un programa político que coincide más con la estructura pulsional que con cualquier plataforma programática. La motosierra en la campaña de 2023 no fue solo un símbolo de “eficiencia fiscal”: fue, sobre todo, un espectáculo en vivo ante multitudes que gozaban viéndola. Gente que aplaudía de pie la devastación de los propios organismos —estatales también— que, en algunos casos, les pagaban el sueldo. La destrucción vuelta performance. El daño como prueba de que algo, por fin, ocurre.
Esa mutación guarda parentesco con el fascismo clásico, pero tiene una diferencia decisiva. El fascismo prometía restaurar: la nación perdida, el orden anterior, la grandeza que otros habían robado. Conservaba, todavía, una teleología. Las ultraderechas contemporáneas prescinden de esa promesa. El horizonte se contrae hasta el presente del acto destructivo. Ya no se trata del deseo de volver a un pasado glorioso, sino del goce de arrasar el presente, incluidos los propios. Alemán lo resume así: “no solo la voluntad de destruirlo todo, sino de destruirme a mí mismo con tal de destruir al otro”. El incendio que arrasa el campo propio con tal de arrasar el del vecino.
Aquí entra la fantasía de clase. Hay sectores sociales que construyeron su identidad sobre una imagen de sí mismos que el capitalismo neoliberal fue erosionando con paciencia metódica. La clase media, como categoría, no es solo económica: es también un conjunto de relatos sobre el mérito, la movilidad ascendente, la distancia respecto de los de abajo y la proximidad posible con los de arriba. Cuando la realidad material desmiente esos relatos —el salario que no alcanza, el hijo que no asciende, el barrio que se deteriora— el sujeto enfrenta una disyuntiva: revisar la fantasía o encontrar un responsable que explique por qué la fantasía no se cumplió sin que sea necesario abandonarla. Revisar las ilusiones es un trabajo costoso, sin garantías. Encontrar un culpable, en cambio, es inmediato y produce satisfacción.
La ultraderecha ofrece esa segunda operación con una eficacia que ninguna fuerza del campo popular ha logrado igualar, al menos en los últimos años. El migrante, el planero: figuras que encarnan al que roba el goce, al que impide que la vida sea lo que debería haber sido. La estructura del fantasma lacaniano es exactamente esa: “hay un otro que me sustrae lo que me corresponde”. Ese otro no necesita ser coherente ni real. Necesita ser identificable. Necesita concentrar la irritación difusa y darle un objeto. Cuando el objeto aparece, la irritación se vuelve certeza. Y la certeza —sobre todo cuando ofrece la satisfacción de un enemigo nombrado— posee una densidad afectiva que ningún argumento logra atravesar desde afuera.
Wilhelm Reich lo había formulado en los años treinta, observando el ascenso del nazismo. Las masas no fueron engañadas: desearon lo que desearon. Alemán desplaza ese diagnóstico hacia el presente: las ultraderechas contemporáneas autorizan. Dan permiso para odiar sin culpa, para decir en voz alta lo que décadas de consenso liberal habían vuelto indecible. Esa autorización produce algo parecido al alivio. Y el alivio, cuando llega después de una tensión prolongada, tiene la textura del goce.
Lo que el neoliberalismo produjo, en su fase más cínica, fue precisamente esa tensión acumulada. Un orden que exigía la renuncia pulsional —a la agresión sin disfraces, al resentimiento exhibido, al odio reconocido— a cambio de una promesa de inclusión que fue vaciándose hasta quedar reducida al gesto. Freud había formulado ese mecanismo en El malestar en la cultura: la civilización se sostiene sobre la renuncia pulsional y, cuando lo que devuelve a cambio resulta insuficiente, la pulsión busca otra salida. Alemán agrega que el neoliberalismo, en su fase terminal, delega en las ultraderechas la gestión del goce obsceno. “Ya que nunca saldrás de la lógica amenazante, te ofrecemos estar del lado sádico de los castigadores”.
La rabia popular convertida en vehículo del poder más desnudo. Pero señalar esa contradicción no desactiva el mecanismo, y creer que sí lo hace es, quizás, uno de los errores políticos más repetidos de los últimos años. La pulsión no distingue entre su satisfacción y su trampa. Por eso el círculo se cierra y se repite. Por eso la evidencia no alcanza.
Interrumpirlo exige algo que los programas electorales rara vez contemplan. Exige comprender qué ofrece ese discurso que el discurso popular no estuvo logrando ofrecer: una experiencia de pertenencia construida alrededor del odio compartido, un lazo afectivo que produce sentido, aunque ese sentido sea devastador. El vínculo organizado en torno a la destrucción sigue siendo, al fin y al cabo, un vínculo. Y disolverlo sin construir otro —más capaz de alojar la rabia sin empujarla hacia la propia autodestrucción— equivale a pedirle a un sujeto que abandone lo único que todavía le ofrece una forma de consistencia.
Quizás por eso muchos votantes de derecha, o que apoyan a la derecha conservadora, continúan sosteniendo proyectos políticos que deterioran de manera directa sus propias condiciones de vida. Incluso cuando pierden el trabajo, cuando el salario deja de alcanzar o cuando el horizonte material se vuelve cada vez más estrecho, algo de ese goce destructivo persiste. Hay allí una satisfacción más opaca, más difícil de desmontar: la de participar de una identidad colectiva sostenida por la hostilidad, por la ilusión de superioridad moral o por la promesa de castigo hacia otro señalado como culpable.
Nadie abandona fácilmente un dispositivo afectivo que todavía le permite organizar el malestar, aunque lo perjudique. Y eso no se desarma mostrando gráficos, estadísticas o evidencias del deterioro social.
La disputa también se juega en un terreno que la política racional suele ignorar: el de las fantasías que circulan, los afectos que organizan la experiencia de lo común y las formas de satisfacción simbólica que la política puede ofrecerles a sujetos cuya imagen de sí mismos fue erosionada lentamente por sus propias condiciones de vida. Mientras no aparezca otra manera de tramitar la frustración, la rabia y el desamparo, el odio seguirá ofreciendo una pertenencia más eficaz que cualquier programa económico. Porque ningún cambio político profundo ocurre solamente en el nivel de las ideas o de las instituciones: también exige transformar las formas de goce que organizan la vida colectiva.
