La última misa

Esta mañana lo encontró su cuidadora. Al lado de la pileta. Parque Leloir, 8.30. El Parkinson había hecho su trabajo durante diez años, ese trabajo de hormiga que no tiene apuro porque sabe que va a ganar, que corroe el temblor y después el habla y después la postura y después lo que queda debajo de todo eso, que es el hueso debajo del hueso. Setenta y siete años. Junio. Un viernes.

La muerte llegó sola, sin comunicado, sin escenario, sin las multitudes que siempre le pusieron el cuerpo. Llegó como él organizó siempre las cosas importantes: de espaldas a la cámara.

Hay que remontarse. 1986, el año de Oktubre. Una Argentina que todavía no sabía bien qué había sobrevivido y Solari entró con Preso en mi ciudad, con El Drácula con tacones, con esa comprensión de que la transición democrática era también un carnaval grotesco, un reverso del discurso oficial que nadie más nombraba con esa precisión, con esa rabia, con esa frialdad que cortaba más que el grito. Un baión para el ojo idiota, 1988. ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado, 1989. Tres años. Tres discos. El mapa completo.

Cada frase un mundo que se podía leer y escuchar. Yo voy en trenes, no tengo adónde ir. Siete palabras. La densidad de un verso de Celan, la economía de una navaja, el peso de algo que alguien había pensado en serio antes de escribirlo. Me voy corriendo a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle. La calle como escritura, el cuerpo como lectura, el porvenir como algo que ya estaba pasando y nadie todavía sabía leer. El futuro ya llegó.

La trilogía fue una pedagogía. Prepotente y sofisticada y absolutamente suya. Después vino Luzbelito. Después La mosca y la sopa. Después los kilómetros. Obras, Huracán, Racing. Los shows que crecían hasta volverse fenómeno meteorológico, hasta volverse una categoría que no tenía nombre en ningún manual de espectáculo argentino. Rock en el Río de la Plata era una forma de decirlo, pero tampoco alcanzaba: lo que pasaba en esos estadios era otra cosa, era el encuentro de una voz delgada y unos anteojos y un hombre menudo y calvo en un escenario inmenso con cientos de miles de personas que le devolvían cada verso como si fuera propio, como si lo hubieran escrito ellos en algún sueño que olvidaron al despertar.

Jijiji, cantaban. Todo un palo. Nene nena. La fuerza en la cuerda que te arrastra. Los que mandan a los que mandan. La voz del Indio arriba, siempre arriba, atravesando el vendaval. El enigma nunca fue la letra. El enigma fue la escala. Cómo se explica eso. Cómo se explica que la poética más hermética del rock nacional convocara las multitudes más grandes de su historia. Que la voz más fría encendiera el calor más brutal. Que el hombre más esquivo del espectáculo argentino generara la devoción más física, más corporal, más parecida a una religión que cualquier otra cosa que haya producido la cultura popular de este país en las últimas cuatro décadas.

Los ricoteros cruzaban el país en colectivo, dormían en la vereda, peleaban con la policía, se perdían en el pogo, se encontraban en el pogo. La furia compartida tenía algo de sagrado. El cuerpo colectivo era una forma de entendimiento que las palabras no alcanzaban a nombrar. Solari lo sabía y lo convirtió en material, en letra, en esa distancia calculada que era también una forma de querer: la bestia pop que podía llenarte la boca y la cabeza y el pecho y pedirte que siguieras pensando cuando todo terminara.

Mientras el espectáculo argentino de los ochenta y los noventa se rendía a los grandes sellos, a la televisión, al contrato de imagen, los Redondos editaban solos, tocaban donde querían, no daban entrevistas de verdad, no se explicaban. La elegancia, a veces, es pura obstinación.

En 2016 anunció el Parkinson. Antes de subir al escenario, en Tandil, con esa costumbre suya de decir las cosas difíciles de frente y sin retórica, como si la verdad también pudiera ser un gesto de estilo. Después vino Olavarría, 2017. Doscientas mil personas, tal vez trescientas, la multitud redonda siempre fue imposible de contar. Dos muertos en la entrada. El concierto igual. La última vez.

Después el estudio. Los libros. El silencio administrado con la misma inteligencia con que administró todo lo demás. En 2020 el concierto holográfico, la tecnología como prótesis, como manera de seguir estando sin cuerpo, la voz donde el cuerpo ya no podía. En enero de este año, un mensaje grabado para la UBA, el Honoris Causa, la última imagen pública: un hombre que el Parkinson había herido pero que seguía siendo reconocible, seguía siendo esa cosa rara e inimitable que es la identidad de un artista cuando ya no tiene nada más que defender que a sí mismo.

El Parkinson es una enfermedad que ataca la motricidad, el temblor, la marcha, la postura. La voz. Corroe exactamente lo que Solari usó durante décadas para construir su figura: la presencia física, la gestualidad contenida, esa voz delgada y sin vibrato que era toda una declaración de principios en un género que adora el grito. Como si el organismo hubiera decidido empezar por la herramienta.

Vivir solo cuesta vida. Lo escribió él. Una ecuación sin moraleja, sin consuelo fácil. La vida cuesta vida. El arte cuesta el cuerpo. La deuda siempre se cobra.

Una época cierra. Las épocas se van sedimentando, capa sobre capa, y de repente hay un punto de quiebre donde la piedra ya no soporta más peso y se parte. El punto de quiebre de hoy se llama Carlos Alberto Solari, nacido el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos, muerto esta mañana en el conurbano bonaerense. Entre esas dos geografías construyó algo que no tiene nombre preciso porque nunca fue solo música: fue una forma de estar en el mundo, una actitud ante el poder, una pedagogía de la rareza.

Los que llegaron a los Redondos en los noventa tienen hoy cuarenta y pico / cincuenta años, más o menos. La generación del medio. Ni la de la dictadura ni la de Spotify. Los que aprendieron a escuchar en casete, o en CD, los que corrieron de la policía alguna vez o estuvieron muy cerca de hacerlo. Esos tienen hoy a sus muertos propios, sus duelos y sus fracasos, su orgullo acumulado y su fatiga acumulada, y tienen también, cosida en algún lugar que no se puede señalar con el dedo, la voz del Indio y sus palabras. Y su risa. Esa risa que era un filo, que no perdonaba, que hacía que entender un chiste suyo te costara algo y te dejara más inteligente o más incómodo, casi siempre las dos cosas.

Ahora los fanáticos se están juntando en la puerta de la casa de Parque Leloir a cantar sus canciones. Flores. Llanto. Banderas. La multitud redonda una vez más, pero esta vez sin escenario, sin sonido, sin posibilidad de que él salga. La multitud que aprendió en sus shows que el pogo es también una manera de conocer al otro, que la furia compartida tiene algo de sagrado, esa multitud está parada en una vereda del conurbano llorando a un hombre que nunca les dio lo que las estrellas dan a sus fans: acceso, cercanía, la ilusión de intimidad. Les dio algo mejor. Les dio algo que duró.

Una puerta. Eso fue Solari. Una puerta que estaba abierta para las revoluciones fracasadas que aún se desean, aunque sean imposibles, al humor grotesco, al surrealismo, a la melancolía política, a los Vencedores vencidos, a La muralla china, a la furia que no se resigna, a la belleza enardecida. Una puerta en el medio de la ruta, entre Racing y Huracán, entre el casete y la madrugada. La poética más fría encendiendo el corazón más caliente. El artista más esquivo convocando la mayor cantidad de cuerpos juntos que este país haya visto en las denominadas Misas Ricoteras.

Cerrada. Junio. Un viernes a las 8.30.

El futuro ya llegó..