Encontrar

Hay una fotografía que Paula Felipe nunca tuvo. No porque se haya perdido, sino porque no existe: nadie fotografía a un bebé de veinticinco días junto a sus padres cuando esos padres van a desaparecer cuarenta y ocho horas después. La imagen ausente no es una metáfora. Es una condición material. Paula creció con un hueco en el lugar donde debería haber estado la primera prueba de que existió una familia, y ese hueco tuvo la consistencia peculiar de las cosas que nunca terminan de faltar porque nunca terminaron de estar.

Ester Felipe era psicóloga. Luis Mónaco, periodista. Los secuestraron el 11 de enero de 1978. Paula tenía veinticinco días. Esta semana, el Juzgado Federal N°3 de Córdoba anunció la identificación de otras diecisiete personas desaparecidas en el predio donde funcionó el centro clandestino de detención La Perla. En marzo habían sido doce. El total asciende a veintinueve. La cifra ordena; cada número abre una historia singular; detrás de cada historia hay alguien que esperó décadas para que el Estado le dijera, finalmente, qué había pasado con su familiar.

Paula dijo: hoy empiezo a entender lo que significa el verbo encontrar. Es la hermosa y sorprendente posibilidad de traerlos con nosotros. Es una inesperada forma de la felicidad.

Hay que detenerse en esa frase. El verbo traer. No recuperar, no hallar, no restituir. Traer: un movimiento activo hacia acá, una acción que supone que el que llega viene de algún lugar y que el que espera hace algo para que eso ocurra. La semántica del duelo, y más aún cuando es tan difícil de procesar, siempre tiene alguna arista más para aportar.

Un cuerpo es algo que le pertenece a alguien, algo que puede ser enterrado, llorado, incorporado al orden simbólico de una cultura que sabe qué hacer con sus muertos. La dictadura no sólo mató. Produjo organismos sin nombre, restos sin estatuto, materia sin lugar en el lenguaje. La desaparición fue, entre muchas otras cosas, una operación sobre el símbolo: si no hay nombre, si no hay tumba, si no hay fecha de defunción, el muerto no puede ocupar el lugar que los muertos ocupan en una comunidad. No puede ser llorado de la manera en que los vivos sabemos llorar.

Lo que el Equipo Argentino de Antropología Forense hace —pacientemente, desde 1984— es exactamente lo contrario: devolver un nombre a un resto, reinscribir en el lenguaje lo que el terror intentó borrar del lenguaje. Cada muestra ósea cotejada con el Banco Nacional de Datos Genéticos es un acto de restitución simbólica antes de ser un acto científico. Primero se devuelve el nombre; después, recién después, se puede hacer el duelo.

El predio de La Perla está en la provincia de Córdoba, a unos quince kilómetros del centro de la capital, sobre la ruta a Carlos Paz. Durante la dictadura funcionó allí uno de los centros clandestinos de detención por que el pasaron, según los registros disponibles, entre dos mil y tres mil personas. La mayoría no salió. Esa arquitectura del horror tenía una lógica precisa: el secreto como instrumento. Mientras nadie supiera exactamente qué había pasado, mientras los cuerpos no aparecieran, el miedo seguiría funcionando.

Hacia 1979, cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos preparaba su visita a la Argentina —visita que el régimen no pudo evitar, pero sí intentó mediatizar— personal militar llevó adelante en La Perla y sus alrededores un operativo de remoción de cuerpos. Desenterraron restos. Los trasladaron a destinos que todavía hoy no están completamente determinados. Destruyeron las fosas originales con maquinaria pesada. El procedimiento implicó planificación: hubo órdenes, hubo jerarquías, hubo hombres que supieron exactamente lo que estaban haciendo. Borrar las huellas antes de que llegaran los ojos que venían a buscarlas. Una lógica que se sostenía en la convicción de que el tiempo trabaja a favor del que tiene el poder de nombrar, y que sin restos no hay nombre posible.

En la zona conocida como Loma del Torito, dentro de la Guarnición Militar de La Calera, los rastros empezaron a aparecer décadas después del operativo de ocultamiento. Fotografías aéreas de la época mostraban modificaciones en el suelo que los años no habían logrado disimular del todo: la tierra removida tiene una textura diferente a la tierra sin historia, y esa diferencia sobrevive a las lluvias y a los años. Había registros previos sobre la existencia de fosas comunes. Las excavaciones siguieron esas pistas con la paciencia de quien sabe que lo que busca estuvo ahí y que el tiempo, si uno aprende a leerlo, deja constancia de casi todo.

Adrián Ferreyra era uno de los veintinueve. Su hijo Ernesto fue al acto de identificación y dijo algo que merece ser dicho nuevamente con exactitud: no estoy acá para decirle chau a mi papá. Hoy le puedo decir hola. El hijo llega al padre antes de poder despedirse. Lo saluda antes de haberlo conocido. El orden cronológico —nacer, vivir, morir, ser llorado— quedó interrumpido hace décadas, y la identificación no lo restaura; hace algo diferente y quizás más extraño: abre una conversación que nunca pudo empezar. El hola antes del adiós. La presentación antes del duelo.

Gustavo Daniel Torres tenía dieciséis años cuando se lo llevaron. Dieciséis: la edad en que uno empieza a entender que el mundo tiene una estructura y que esa estructura es injusta y que algo debería hacerse al respecto, la edad en que los libros se leen de otra manera y las conversaciones duran hasta tarde y los adultos de confianza empiezan a parecer interlocutores y no solo proveedores de sustento. Su hermano Carlos David reconstruye la escena de la detención con una precisión que habla de cuántas veces la habrá recorrido mentalmente: mientras se lo llevaban, Gustavo alcanzó a decir yo tengo derecho antes de que le taparan la boca. La frase quedó abierta. Interrumpida en el punto exacto en que intenta afirmarse, en el instante en que la subjetividad reclama su lugar y alguien decide que ese reclamo no va a llegar a ningún lado.

Carlos David dice ahora que su hermano recupera parte de sus derechos. No lo que le quitaron —esa restitución no existe y sería una crueldad fingir que sí—, sino otra cosa: una inscripción, un lugar en el registro de los que existieron y fueron asesinados, la posibilidad de que la frase interrumpida encuentre, en otro tiempo y bajo otra forma, algo parecido a una continuación. La palabra no se completa. Se reencuadra. Pasa del vacío de la desaparición al estatuto jurídico y simbólico del asesinato, que es brutal, pero es preciso, y la precisión, en estos casos, es una forma de justicia.

El juez Miguel Hugo Vaca Narvaja lo formuló de esta manera: cuando se encuentran e identifican restos, esa persona deja de figurar como desaparecida y pasa a ser reconocida como víctima de asesinato. El cambio de categoría puede parecer burocrático. No lo es. La figura del desaparecido opera sobre la familia y sobre la comunidad como una herida que no puede cicatrizar porque no tiene bordes definidos: no hay fecha, no hay cuerpo, no hay certeza. La identificación introduce una determinación donde había una suspensión. Fija un hecho, el asesinato, en el registro de lo que ocurrió. Y sobre lo que ocurrió —sobre lo que tiene nombre y fecha y coordenadas en el tiempo— se puede construir algo. No el olvido. Tampoco necesariamente la paz. Pero sí una manera diferente de seguir viviendo.

Carlos Ferreyra —hermano de Adrián, el padre de Ernesto— recordó estos días que Adrián había integrado el movimiento QUR: Queremos Universidad Riojana. Una organización estudiantil de los años setenta que reclamaba por la educación pública de la Universidad Nacional de La Rioja. El nombre de Adrián reaparece en el espacio público medio siglo después de su secuestro, en simultáneo con una movilización nacional en defensa del financiamiento universitario. En esas banderas, dijo Carlos, persiste algo del regreso de su hermano. Una presencia que insiste en volver al lugar desde donde fue arrancada. Como dato concreto: este hombre peleó por una universidad pública y sus herederos simbólicos pelean hoy por lo mismo, y esa continuidad no es casual ni decorativa. Es el tipo de hilo que el terrorismo de Estado creyó haber cortado para siempre.

La universidad pública argentina es, entre otras cosas, la institución que formó a los especialistas que hoy identifican a los muertos que la dictadura produjo. El Equipo Argentino de Antropología Forense se constituyó en 1984, en los primeros meses de la democracia, con el apoyo de universidades nacionales y el asesoramiento de científicos internacionales que vinieron a enseñar cómo se lee un hueso, cómo se determina la edad y el sexo de un individuo a partir de fragmentos, cómo se construye un perfil biológico que pueda cotejarse con los datos de las familias. Gran parte de quienes integran ese equipo hoy se formó en facultades de antropología, biología, medicina y arqueología sostenidas con fondos públicos. El Banco Nacional de Datos Genéticos, que conserva las muestras y hace posibles las identificaciones, funciona con presupuesto estatal. Cuando ese presupuesto se recorta, la capacidad de identificar también se reduce.

El terrorismo de Estado organizó el olvido como política. Las instituciones democráticas sostienen (o deberían sostener) la lógica contraria, pero esa lógica requiere condiciones materiales para sostenerse. Los dispositivos que producen memoria necesitan presupuesto, personal, equipamiento, continuidad. Cuando se deterioran, la memoria no desaparece —los testimonios no se borran, los expedientes no se cierran solos—, pero la capacidad de hacer algo con ella se debilita. Y la diferencia entre recordar y poder actuar sobre lo que se recuerda es la diferencia entre el duelo y la herida abierta.

Paula Felipe dijo que encontrar es una inesperada forma de la felicidad. La palabra felicidad en ese contexto tiene una densidad particular: no es la felicidad de la alegría ni la del alivio sino algo más parecido a lo que los griegos llamaban eudaimonía, que se traduce habitualmente como florecimiento y que tiene que ver con ocupar el lugar que a uno le corresponde, con hacer lo que uno es capaz de hacer, con existir plenamente en el mundo que le tocó. Paula ocupa ahora un lugar diferente en relación a su historia. Sus padres existieron. Fueron asesinados. Una pequeña parte de sus restos fueron hallados. Ella pudo, de alguna manera, (re)encontrarlos.

El verbo encontrar. Otra vez.

Buscar organiza el tiempo de una manera particular: lo orienta, le da una dirección, hace de cada día una unidad en una secuencia que tiene sentido porque apunta a algo. Las Madres de Plaza de Mayo lo supieron desde el principio, aunque nadie se los hubiera enseñado: caminar en círculos alrededor de la Plaza de Mayo todos los jueves era una forma de no dejar que el tiempo se volviera informe, de mantener viva la pregunta en el cuerpo, de convertir la espera en acción. La ronda como método. El cuerpo como archivo.

Encontrar hace otra cosa: transforma el tiempo. No lo clausura —sería ingenuo creer que una identificación cierra una historia que lleva décadas abierta—, sino que lo reorganiza. Lo que estaba suspendido adquiere una forma. Lo que no tenía lugar en el lenguaje ingresa al lenguaje y lo modifica desde adentro. Un nombre que era una ausencia se convierte en un nombre que es una presencia: presente en los registros, presente en la memoria familiar, presente en la historia del país, presente en el cuerpo de los hijos que lo portan sin saberlo y que ahora, finalmente, saben.

Ernesto Ferreyra dijo hola. Eso ocurrió. En algún punto de esa secuencia —las fotografías aéreas, las excavaciones, los fragmentos, el laboratorio, el cotejo genético, la resolución judicial, el acto de identificación— alguien conservó una muestra, alguien la procesó, alguien verificó una coincidencia, alguien firmó un papel, y todo eso confluyó en un instante que no tiene nombre propio pero que se parece, desde cualquier ángulo que se lo mire, a la posibilidad de que una persona le hable a otra que lleva décadas esperando ser nombrada.

El hola antes del adiós. La presentación antes del duelo. El nombre —ese nombre que estuvo siempre, que la violencia no pudo borrar del todo, que sobrevivió en los genes y en los testimonios y en los archivos y en la obstinación de los que buscaron— vuelve al lugar desde donde fue arrancado y encuentra, al llegar, que alguien lo estaba esperando.

Empieza, otra vez, a existir. Eso también, dice Paula, significa encontrar.