La tensión se acumula en los cuerpos antes de tener nombre. Circula por las cuentas que se vacían antes del día veinte, por los créditos que se piden para llegar a fin de mes, por los sueldos que corren detrás de los precios y nunca los alcanzan. Un relevamiento nacional le puso números a esa tensión: el 61,9% de las familias tomó algún crédito en los últimos seis meses; el 66% agota sus ingresos antes o hasta el día 20; casi nueve de cada diez sienten que el salario pierde contra la inflación.
Mientras tanto, la economía cae y el consumo cae con ella. La pobreza sube al ritmo de los precios. Cierran fábricas, comercios, changas enteras. Los presupuestos de salud, educación, jubilaciones y pensiones vienen en picada.
Todo eso se aloja en algún lugar. No desaparece. Se guarda.
El psicoanálisis tiene una palabra para ese mecanismo: represión. No como sinónimo de fuerza policial, aunque en la lengua argentina ambas palabras terminen encontrándose con una facilidad dolorosa, sino como aquello que queda apartado de la conciencia sin dejar de existir. Lo que se reprime no desaparece: empuja desde abajo, busca una salida por otra vía, se desplaza, se disfraza, se convierte en síntoma.
Lo reprimido vuelve.
Esa es la ley. Vuelve donde puede, cuando puede, con la forma que puede.
La muerte del Indio Solari abrió una de esas vías. La marcha que se armó espontáneamente aquella noche no fue solamente el duelo por un músico. Miles de cuerpos salieron a la calle a llorar algo que excedía la biografía de un artista. Llovió torrencialmente. Una lluvia que, en cualquier cálculo racional, debería haber vaciado las calles produjo el efecto contrario: potenció la asistencia, alimentó la épica, selló el gesto con agua.
El refrán lo dice de otro modo, más viejo: el agua siempre encuentra su cauce.
Después vino el Mundial.
El fútbol nunca fue solamente fútbol en este país, y el tiempo suele encargarse de mostrar qué había debajo de cada gol. Una sábana con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, sostenida por un grupo de hinchas argentinos que había viajado con lo puesto, volvió a poner en el centro una pregunta que una generación golpeada por la crisis empezaba a hacerse con otra urgencia: si había costado tanto conseguir lo propio, ¿por qué habría que regalarlo o venderlo?
El himno, cantado a los gritos en cada cancha, en cada bar, en cada esquina, recuperó un verso que llevaba tiempo dormido en la memoria: “Oid el ruido de rotas cadenas, ved en trono a la noble igualdad”.
En ese clima, y con un pulso que no midió bien los tiempos, el Gobierno impulsó un proyecto de ley que bautizó “Inviolabilidad de la Propiedad Privada”. Buscaba flexibilizar o directamente eliminar las restricciones vigentes para la compra de campos y superficies rurales por parte de personas físicas o jurídicas extranjeras. La presión popular obligó a retirar del proyecto el capítulo referido a la extranjerización y la ley de manejo de fuego antes de que el Senado comenzara a debatir el resto del texto.
Adentro del recinto, la ley avanzaba artículo por artículo, con la cadencia lenta de los ámbitos legislativos. Afuera, la calle se llenó de una multitud que había ido a manifestarse y se encontró con una fuerza uniformada dispuesta a impedirlo.
Miles de efectivos de la Policía Federal y de la Policía de la Ciudad, reforzados por decenas de prefectos, avanzaron repartiendo palos a diestra y siniestra. La zona no se despejó hasta varias horas más tarde.
En algún momento de esa larga tarde, las balas de goma y los gases alcanzaron también a los vecinos que aplaudían la marcha desde los balcones. Como si el aplauso hubiera pasado a formar parte de aquello que había que dispersar.
El saldo de la jornada puede contarse en números, aunque los números nunca alcancen a explicar del todo lo que ocurrió sobre el cuerpo de cada uno: 28 detenciones y cerca de 1500 personas heridas por el uso descontrolado de gases, balas de goma y camiones hidrantes, según relevó la Comisión Provincial por la Memoria.
La represión salió, otra vez, al encuentro de la presión. Como si el lenguaje hubiera anticipado el desenlace en el parentesco de sus propias sílabas.
Entre los miles de manifestantes hubo nombres conocidos. Lali, Dillom y Lucrecia Martel estuvieron presentes ese jueves frente al Congreso. Fito Páez sumó su voz desde Bariloche, donde se plegó a la movilización local con una consigna clara: “La Patria no se vende”.
La presión popular seguía ahí.
La (re)presión policial, también.
Y sobre las dos volvió a caer la lluvia.
El agua había encontrado, otra vez, su cauce.
