El fútbol no es lo que parece

El fútbol no es lo que parece. O mejor: es mucho más que lo que parece. Eduardo Galeano lo sabía. Miraba la pelota rodar y veía desfilar la historia entera del mundo: sus injusticias, sus alegrías robadas, sus trampas vestidas de ley, sus rebeliones disfrazadas de juego. El fútbol, decía, no era un deporte sino un espejo —sucio, agrietado, brillante— donde se reflejaba todo lo que importaba: la memoria, la magia, la rabia contenida de los que nunca tuvieron voz. Una cancha no es un rectángulo verde. Es un territorio en disputa. Un lugar donde el cuerpo dice lo que la política calla. Donde once contra once se vuelve, sin aviso, una metáfora de todo lo demás. Y a veces, muy pocas veces, ocurre algo que va más allá del resultado. Algo que queda grabado no en las estadísticas sino en la piel de un país entero. Más adelante, en esta misma nota, compartiremos un cortometraje de ficción que intenta capturar algo de esa misma intensidad.

Si hubo un momento en que todos los hilos de la figura de Diego Armando Maradona —el genio deportivo, el héroe popular, el símbolo político, el dios humano— se anudaron con una fuerza casi mística, fue el 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca de Ciudad de México. Aquel partido entre Argentina e Inglaterra por los cuartos de final del Mundial no fue una competencia deportiva. Fue un escenario ritual, cargado de tensión histórica, emocional y geopolítica. Como señalaría el antropólogo Eduardo Archetti, el fútbol en Argentina funciona como un escenario privilegiado para la representación de los dramas y mitos nacionales, y esa tarde fue, quizás, su apoteosis.

La contienda tuvo lugar apenas cuatro años después de la derrota argentina en la Guerra de Malvinas. Las heridas seguían abiertas. No era necesario hablar de política ni evocar a los caídos para que el aire estuviera impregnado de un simbolismo que excedía por completo lo deportivo. En cada pase, en cada silbido, en cada mirada, vibraba una revancha latente. La cancha no era un campo de juego: era un teatro de la memoria.

Los dos goles de Maradona en ese partido no fueron goles: fueron acontecimientos de una potencia pocas veces vista. Jorge Valdano los describió como un díptico que retrata las dos caras del ser argentino. El primero, la “Mano de Dios”, fue un gesto ilícito, una trampa disfrazada de fe, una transgresión que se volvió epopeya. Maradona, más tarde, lo definiría con una frase inolvidable: “Fue como robarle la billetera a un inglés”. La metáfora es reveladora: no era un gol, era una inversión del orden. El oprimido que subvierte las reglas del poderoso.

En términos de Guy Debord, puede leerse como una grieta en el espectáculo, una falla en la lógica del simulacro que revela la pulsión subversiva de lo real. Allí donde todo parecía controlado —las cámaras, las repeticiones, los árbitros, el sistema— emergió la anarquía. Un acto de rebelión, de picardía, de justicia por otros medios. El periodista y relator Víctor Hugo Morales señaló, unos minutos antes del relato que lo inmortalizaría junto con el gol: “¡Que Dios me perdone lo que voy a decir: contra Inglaterra, hoy, incluso un gol con la mano vale!”

El segundo gol fue su reverso. Si el primero fue la astucia del desposeído, el segundo fue la majestad del genio. Una corrida de más de 60 metros, eludiendo a cinco jugadores ingleses, culminada con un toque sutil, casi inocente. Fue arte, fue belleza, fue hegemonía estética. Un gol que no necesitó trampa porque hablaba desde el talento absoluto. Donde el primero transgredía, el segundo consagraba. Juntos, los goles construyeron una narrativa de redención popular. La picardía y la destreza, la calle y el arte, el engaño y la genialidad, el desquite y la consagración. Fue la síntesis de un país en forma de jugada.

El cortometraje de ficción fue realizado por Diego Mandelman, colaborador de historias narradas.

Y no era una percepción periodística o un relato posterior. Años más tarde, el propio Maradona confesaría lo que muchos intuían y que, por motivos diplomáticos, se evitaba decir: “Era como ganarle más que nada a un país, no a un equipo de fútbol. […] Íntimamente sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos, que los habían matado como pajaritos. […] Era mentira que no tuviera nada que ver con la guerra”. En su relato, los jugadores ingleses eran, de manera simbólica, avatares del enemigo imperial. Y la victoria en el césped funcionaba como una reparación por la derrota en el campo de batalla. Era una venganza ritual, una justicia poética, una misa pagana celebrada a cielo abierto.

Lo que quedó de aquella tarde en el Azteca no fue un marcador. Fue una imagen que se rehúsa a envejecer. Una sensación de justicia imposible, de revancha irracional, de belleza que no obedece a ninguna ley. Maradona no ganó un partido: logró algo que nadie más pudo lograr. Y ese algo sigue vibrando. En cada potrero, en cada tribuna, en cada relato que vuelve sobre esos minutos como quien regresa a un sueño del que no quiere, o no puede, despertar. El fútbol, como decía Galeano, es un espejo. Y en México 86, ese espejo devolvió la imagen de un país entero reconociéndose en la gambeta de un hombre que corría descalzo sobre la historia. Quizás por eso no lo olvidamos. Porque en el fondo sabemos que aquello no fue un juego. Fue otra cosa. Algo que todavía no tiene nombre.