Hotel Monday

Por su mezcla de circo, danza, teatro físico y humor absurdo, Hotel Monday construye un universo tan extraño como fascinante. La nueva creación de Florent Bergal encuentra en el movimiento de sus intérpretes una forma de contar aquello que las palabras apenas consiguen nombrar.

Algunos hoteles funcionan como refugio, otros como tránsito. Y están aquellos que, apenas se abre la puerta, parecen esconder algo. En Hotel Monday, el hotel es precisamente eso: un territorio cerrado donde las apariencias empiezan a resquebrajarse y donde cada gesto puede esconder una culpa, un deseo o una amenaza.

La nueva creación de Florent Bergal, coproducida por Proyecto Migra y El Galpón de Guevara, parte de una premisa sencilla: un grupo de personajes se reúne cada año en El Gran Hotel para homenajear a Don Gregorio, muerto en circunstancias poco claras. A partir de allí, lo que podría ser una reunión solemne se transforma progresivamente en un desfile de situaciones absurdas, tensiones, vínculos cruzados y secretos que parecen estar siempre a punto de salir a la superficie.

Pero sería un error acercarse a Hotel Monday esperando encontrar una obra de misterio convencional. El asesinato de Gregorio es, más que el centro de la trama, el disparador de un mecanismo escénico mucho más interesante. Lo que verdaderamente importa es observar qué sucede con esos cuerpos cuando quedan atrapados en un espacio dominado por las apariencias, los protocolos y las jerarquías.

Ahí aparece la principal virtud del espectáculo: el cuerpo como lenguaje.

Proyecto Migra vuelve a demostrar su particular capacidad para combinar disciplinas que, en otros contextos, podrían parecer incompatibles. Circo, danza, acrobacia, malabares, ilusionismo, teatro físico y humor conviven en una puesta donde la palabra no desaparece, pero deja de tener el protagonismo habitual. Los seis intérpretes —Juan Carlos Fernández, Sofía Galliano, Gabi Parigi, Tomás Soko, Florencia Valeri y Tato Villanueva— construyen personajes a partir de movimientos, ritmos, miradas y transformaciones físicas.

El resultado es particularmente efectivo porque el virtuosismo nunca aparece como una simple exhibición de habilidades. Cada destreza física parece estar puesta al servicio de una situación dramática. Un desplazamiento, una caída, un objeto que cambia de sentido o una acción repetida pueden resultar tan narrativos como un diálogo.

La escenografía de Lina Boselli refuerza esa idea. El lobby del hotel se convierte en un espacio de tránsito permanente: un lugar elegante y aparentemente ordenado que, poco a poco, empieza a revelar su carácter absurdo. Los objetos cotidianos adquieren nuevas funciones y los muebles dejan de ser simples elementos decorativos para convertirse en parte de la coreografía narrativa. La iluminación de Laura Saban acompaña ese recorrido, alternando la calidez del hotel con momentos de mayor extrañeza, especialmente alrededor de la figura de la viuda.

Y es justamente allí donde Hotel Monday encuentra su tono más interesante: en la convivencia entre lo bello y lo grotesco.

La obra puede provocar una carcajada y, apenas unos segundos después, generar una imagen inquietante. El humor surge muchas veces de la exageración y de la precisión física, pero debajo de esa superficie lúdica aparece una mirada sobre las relaciones de poder, las diferencias de clase y la necesidad de sostener determinadas apariencias aun cuando todo alrededor amenaza con desmoronarse.

El hotel, entonces, funciona también como una pequeña sociedad. Hay quienes sirven y quienes son servidos; quienes mandan y quienes obedecen; quienes pueden permitirse ciertas extravagancias y quienes deben adaptarse a las reglas. El absurdo permite que esas tensiones no sean abordadas desde el realismo, sino desde una caricatura corporal que las vuelve todavía más visibles.

En ese sentido, uno de los mayores aciertos de Bergal consiste en no explicar demasiado. Hotel Monday confía en la inteligencia del espectador. Hay momentos en los que la narración se vuelve deliberadamente fragmentaria y el argumento parece perder importancia frente a la sucesión de imágenes. Para algunos espectadores, esa elección puede ser el principal atractivo; para otros, puede generar cierta distancia. La historia existe, pero no pretende conducir la experiencia.

Y quizás allí esté la clave para entrar en la propuesta: no hay que intentar descifrar el hotel; hay que dejarse llevar por él.

La música tiene un papel fundamental en ese viaje. Marca velocidades, genera climas y establece una suerte de respiración propia para la obra. Los intérpretes parecen formar parte de una maquinaria perfectamente sincronizada, donde cada movimiento puede desencadenar otro. El caos que vemos es, en realidad, el resultado de una enorme precisión.

Esa paradoja resume buena parte de lo que sucede en escena: cuanto más descontrolado parece todo, mayor es la sensación de que detrás existe un trabajo minucioso.

Con una duración de 70 minutos, Hotel Monday no busca convertirse en una obra de texto ni en un espectáculo circense tradicional. Su apuesta es más híbrida y, por momentos, más ambiciosa: construir un lenguaje propio a partir de distintas disciplinas.

El resultado es una experiencia teatral visualmente potente, dinámica y cargada de humor, que encuentra en el cuerpo una herramienta narrativa de enorme expresividad. No todo necesita ser explicado; algunas cosas simplemente necesitan ser vistas.

Hotel Monday tiene varias de esas imágenes que permanecen en la memoria después de que las luces se apagan.

Hotel Monday se presenta actualmente en El Galpón de Guevara, con funciones los sábados y domingos a las 16 horas durante agosto de 2026.