La tiranía de la felicidad

La nueva serie Pluribus (del mismo creador de Breaking Bad y Better Call Saul), propone una reversión del género catástofre: aquí un virus extraterrestre transforma a la humanidad en una mente colmena donde todos son felices, optimistas, unidos.

La Unión —así llaman al fenómeno— ha resuelto todos los problemas de la humanidad. Y, sin embargo, una mujer permanece fuera. Carol Sturka, interpretada por Rhea Seehorn —la actriz brillante que dio vida a Kim Wexler en Better Call Saul—, es inmune al contagio y observa desde la soledad más radical: la de quien conserva su malestar en un mundo que decidió olvidarlo.

E pluribus unum, “de muchos, uno”, es el lema de Estados Unidos. Está inscrito en monedas y sellos, repetido en discursos que proclaman la unidad de una nación. Pero esa promesa siempre fue precaria. La historia estadounidense es un catálogo de exclusiones: la esclavitud, el genocidio indígena, la segregación, las deportaciones. Y podríamos seguir, pero volvamos a la serie.

En Breaking Bad, la química era la herramienta por la cual un hombre común con habilidades extraordinarias, equivocado o no, intentaba cambiar su destino. En Pluribus, Gilligan retoma esa idea. Si para Walter White la química servía para afirmar la individualidad, aquí se convierte en el instrumento de su disolución. El virus actúa como una fórmula capaz de resolver el dilema que obsesionó a la filosofía política occidental, cómo transformar una multitud en un pueblo, una masa en una comunidad, aunque para lograrlo deba abolir aquello que hace posible toda política: el conflicto.

Carol es una escritora de novelas románticas, una profesión que encierra cierta ironía: vende fantasías de plenitud emocional mientras, probablemente, habita un mundo fracturado. Cuando llega la Unión, ella queda afuera. Observa a sus vecinos, a toda la humanidad, transformarse en algo que no logra comprender del todo, pero que intuye como una pérdida. Su inmunidad no es un don; es una condena.

No tiene una misión clara, ni habilidades excepcionales, ni un plan maestro. Lo único que tiene Carol es su malestar. Y ese malestar, precisamente, es su forma de rebelión. La Unión elimina el fastidio (¿O lo genera?), pero al hacerlo elimina también la subjetividad. Los unidos no sufren, pero tampoco quieren. No sienten dolor, pero tampoco anhelan nada que no sea lo que ya tienen. Carol, en cambio, sufre. Duda. Recuerda un mundo donde la felicidad era precaria, injusta, pero propia. Su resistencia no es heroica; es ontológica. Ella es la última representante de una especie en extinción: la de los individuos.

Los unidos no se sienten oprimidos; se sienten plenos. La violencia del sistema es invisible porque ha sido interiorizada hasta el punto de volverse placentera. No hay resistencia porque no hay nada contra qué resistir. La dominación ya no es externa; es metabólica.

Vivimos en una época en la que la felicidad se volvió un mandato. La industria del bienestar, los antidepresivos de uso masivo, las redes sociales que traducen la vida en “me gusta”, la autoayuda que promete versiones mejoradas de uno mismo: todo parece orientado por una misma idea, que la infelicidad es un fallo que debe corregirse. La tristeza, la angustia o la rabia dejaron de ser parte de la experiencia humana para convertirse en disfunciones que, supuestamente, la tecnología, la química o el coaching pueden reparar.

Pluribus hace visible la lógica que subyace a esa promesa: la eliminación del malestar requiere la eliminación del yo. Porque el yo es, en esencia, una estructura de disenso. Un campo de batalla donde coexisten deseos contradictorios, pulsiones que no encajan en ningún manual de optimización. La felicidad total sólo es posible si renunciamos a ser sujetos.

De “Breaking Bad” a “Pluribus”

Vince Gilligan pasó más de una década construyendo un universo narrativo en torno a la transgresión. Breaking Bad y Better Call Saul son estudios sobre la degradación moral, sobre cómo individuos aparentemente normales cruzan líneas y luego ya no pueden regresar. Walter White y Jimmy McGill son hombres que eligen transgredir la ley para manejarse mediante sus propias reglas. El malestar los impulsa a romper las normas, a construir imperios criminales, a destruir todo lo que tocan.

Pluribus es el reverso exacto. Aquí no hay villanos (¿No los hay? ¿O no los queremos ver?) porque no hay transgresión posible. Todos obedecen, pero no a un tirano externo sino a un impulso interno que los une. La ausencia de conflicto moral no produce inocencia; produce vacío. Gilligan ha pasado de escribir sobre hombres que eligen el mal a imaginar un mundo donde el mal —y con él, el bien— ya no existe. Porque la ética sólo tiene sentido donde hay elección. Y en la Unión, nadie elige.

Esta inversión no es sólo narrativa; es política. Durante años, Gilligan exploró cómo el individualismo extremo, el sueño americano del self-made man, genera monstruos. Walter White es la encarnación del capitalismo tardío: un hombre que construye su imperio sobre la muerte de otros y que justifica cada crimen en nombre de su familia, de su dignidad, de su derecho a ser reconocido. Pluribus nos muestra el otro extremo: un mundo sin individuos, sin ambición, sin lucha. Y ese mundo es igualmente aterrador.

Este relato plantea una pregunta incómoda: ¿es posible una sociedad justa que no anule la singularidad? ¿Podemos imaginar una forma de vivir juntos que no requiera ni la guerra de todos contra todos ni la disolución del yo en el nosotros?

Byung-Chul Han ha señalado que vivimos en la sociedad del cansancio, donde la violencia ya no es represiva sino productiva. Ya no nos prohíben hacer cosas; nos exigen hacerlo todo. Rendir, optimizar, mejorar. La depresión contemporánea no viene de la opresión externa sino del imperativo de ser feliz, exitoso, realizado. La Unión es la culminación de esa lógica: un mundo donde el imperativo se ha vuelto código genético, donde la autoexplotación se ha convertido en autodisolución.

La premisa narrativa sugiere que Carol debe “salvar a la humanidad de su propia felicidad”. Pero esa formulación esconde una paradoja insoportable. ¿Cómo salvas a alguien que no se siente cautivo? El problema no es técnico; es ético. Si Carol encuentra una cura y la administra, ¿no estará imponiendo su visión del mundo? ¿No estará forzando a billones de seres a volver a un estado que ellos ya no desean? La Unión, desde la perspectiva de los unidos, no es una invasión. Es una revelación. Han descubierto una forma de existir que elimina todo lo que les hacía sufrir. ¿Con qué derecho Carol decide que eso es un error?

Aquí la serie toca uno de los problemas centrales de la filosofía política moderna: la tensión entre libertad y bienestar. John Stuart Mill argumentó que la libertad individual es el valor supremo, incluso si esa libertad lleva a decisiones autodestructivas. Pero ¿qué ocurre cuando la decisión ya no es individual porque el individuo ha dejado de existir? ¿Sigue habiendo sujeto de derechos? ¿Puede haber autonomía en una mente colmena?

La paradoja se radicaliza porque los unidos no han sido coaccionados en el sentido tradicional. No hay una dictadura que los obligue a sonreír. El virus los ha transformado desde dentro, reconfigurando sus deseos de modo que lo que antes hubieran rechazado ahora lo abrazan. No es lavado de cerebro; es reescritura neurológica. Y ante eso, ¿qué significa resistir?

Mientras Pluribus transcurre en un futuro hipotético, su verdadero escenario es el presente. Vivimos en una era donde nuestra atención, nuestras emociones, nuestras relaciones sociales son mediadas por algoritmos diseñados para maximizar el engagement. Las redes sociales no nos muestran lo que necesitamos saber; nos muestran lo que probablemente haremos clic. Los sistemas de recomendación no expanden nuestros horizontes; refuerzan nuestras preferencias previas.

El resultado es una forma de unificación no biológica pero igualmente efectiva. Todos vemos contenidos ligeramente distintos, pero todos operamos bajo la misma lógica: el scroll infinito, la búsqueda del estímulo, la dopamina instantánea. No hay un virus alienígena; hay un ecosistema tecnológico que ha aprendido a hackear nuestro sistema de recompensas.

Pluribus nos devuelve una imagen amplificada de lo que ya está pasando. La Unión es la versión explícita de lo que la tecnología digital hace de manera implícita: coordinarnos en torno a estímulos compartidos, erosionar nuestra capacidad de atención sostenida, convertirnos en nodos de una red donde lo que importa no es la profundidad de nuestra experiencia sino la velocidad de nuestra respuesta.

Pluribus, hasta el momento que se han emitido solo dos capítulos (en Apple TV), no resuelve sus propias tensiones. No sabemos, al menos hasta ahora, si Carol logrará revertir la Unión. No sabemos si eso sería deseable. No sabemos si ella misma lo desea o si simplemente no puede evitar resistir porque eso es lo que significa ser ella.

Y tal vez esa sea la fortaleza de la serie: negarse a ofrecer una salida fácil. Porque el problema que plantea no tiene solución dentro de los marcos disponibles. No podemos regresar a un mundo donde el sufrimiento era moneda corriente. No podemos abrazar una unidad que anula la singularidad. Y no sabemos cómo construir algo intermedio, una forma de estar juntos que no requiera disolvernos ni aniquilarnos mutuamente.

Cualquier parecido con la realidad es puro cuento.