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El baile
Tenía tres años recién cumplidos cuando advirtió que podía diferenciar, sin esfuerzo, el sonido seco de la madera al apoyar el pie de cualquier otro ruido en el mundo. También tenía el don de distinguir, incluso con los ojos cerrados, las tonalidades de la luz que entraban en el salón en las primeras horas de
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El entrenamiento
Tomé licuado de frutas. Mezclé melón, naranjas y pomelo. No había más kiwi. Le faltaba más filtrado para que llegara al punto en que me gustaba: espeso y sin grumos. Leí durante menos de diez minutos la correspondencia. Había tres sobres en el buzón. Dos impuestos para pagar y la invitación al casamiento de mi cuñado.
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Los Marcos
Nada fue simple ni lineal. Su nombre original era Majer, pero cuando llegó al departamento de Migraciones le exigieron una traducción del polaco al castellano. Por una suerte del destino, si es que hay que creer en él, su nombre “Marcos” marcó su identidad en más de un sentido. Había nacido en Zwolen, un pequeño
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Sonia
Respira. No llora: guarda el aire. No recuerda desde cuándo está ahí. A las cinco se despierta. Café aguado, nada más. El hambre la acompaña hasta el mediodía. Cuando llega Checho, cambia el clima. Dios, le dicen. Si le sostiene la mirada, sabe lo que viene. Barre, cose, baila, sangra, duerme: repite. El calor duele;



